Breanna Stewart, la última Diosa

Echar la vista atrás al 2018 es hablar, sí o sí, de Breanna Stewart. Es la figura baloncestística del momento, dejando a un lado las distinciones de género. Ningún ser humano que haya jugado a baloncesto en los últimos 365 días ha hecho mejores números, ha logrado más premios o ha dejado más huella que la forward/center de Syracuse. 2018 ha sido su (primera) cima como profesional y, no es casualidad, es sólo la consecuencia directa de estar viviendo la época de la última (y puede que la más grande) amazona de todos los tiempos.

Sin embargo, como en todo relato de gloria, hubo un requiebro de tragedia. Uno tan grande como el animal que lo perpetró. Desde los nueve hasta los once años sufrió abusos sexuales por parte de un familiar, tal y como ella relató en el impactante artículo titulado ‘Me Too’ en el portal The Players’ Tribune. Dos años fueron el largo peaje que pagó su cuerpo y su alma hasta que consiguió reunir el valor necesario para frenar al monstruo que atormentó su vida durante aquella condena.

Un repugnante ser que trabajaba en la construcción y cuyo cuerpo venía cada día perfumado con el humo de sus cigarros y la suciedad de su piel. La lógica, o más bien la compasión, podrían hacer prever que cualquier persona, y más a esa delicada edad, estaba destinada a venirse abajo para siempre y perder el rumbo de su aún corta vida. Pero Breanna tenía una lección que darnos y un legado que dejar para siempre en la historia. Vencer a aquel mal fue sólo su primera gran victoria.

Despuntó desde muy joven en el baloncesto, deporte que parecía estar hecho a su medida, una que todavía no conocía forma final. Formada en las Northstars de su Syracuse natal, Breanna hizo de la etapa high school su patio de recreo particular. Llevó al equipo a conquistar dos títulos estatales, en su año junior y senior. Una inmaculada trayectoria que le valió una beca para la Universidad de UConn, el centro de formación más trascendental en la historia del baloncesto femenino.

Tina Charles, Diana Taurasi, Sue Bird, Maya Moore, Rebecca Lobo o la propia Stewart son, posiblemente, los nombres más ilustres que han pasado por UConn antes de dar el salto al baloncesto profesional. Si el listón de sus predecesoras estaba en lo más alto, Breanna elevó las previsiones al firmamento. Cuatro títulos en cuatro años, con sus correspondientes cuatro MVP’s. Un total de 2018 puntos (17.2 de media), 886 rebotes (7.6 de media), 331 asistencias (2.8 de media),  311 tapones (2.7 de media) y un 33.8 % de acierto desde el triple en 117 partidos (3149 minutos totales). Juzguen ustedes. Una bestia baloncestística desatada y cuyo potencial hacía presagiar que estábamos ante la GOAT del baloncesto femenino, un título que aún retiene a día de hoy Diana Taurasi, pero que parece cada vez más asequible de ser disputado.

Cada canasta, cada victoria y cada sonrisa hacían cicatrizar la hemorragia interna que seguía muy presente en Breanna desde hacía tantos y tantos años. La lucha contra el monstruo estaba cada vez más cerca de terminar en victoria. Con un pedigrí tan bestial, nadie dudaba de que, en la ceremonia del Draft 2016, Seattle Storm elegiría con el número uno a Stewart. Una musa para devolver la gloria a una ciudad necesitada de baloncesto del más alto nivel.

En Seattle, además, la narrativa era bastante incierta desde hacía un tiempo. Qué lejos quedaban los títulos de 2004 y 2010, cuando el toque aussie las hizo ser el epicentro deportivo de la WNBA. De los días de vino y rosas sólo resistía Sue Bird, el eterno buque insignia de la ciudad tras la marcha de los Sonics a Oklahoma y la decadencia obvia de las Storm. Ella, la niña de la sonrisa de oro. Ella, el cerebro más privilegiado de la competición. Ella, inmersa en un mar de dudas. Con la oferta de las Liberty encima de la mesa y la posibilidad de viajar a Phoenix para pasar sus últimos años con Taurasi en lo que sería el nacimiento del segundo súper equipo tras el cuatrienio de las Comets, Sue decidió ser fiel a la gente que la acogió siendo una cría y liderar la reconstrucción en Seattle. Honor entre ladrones.

Si Jewell Loyd, flamante número uno de 2015, había supuesto un salto cualitativo, la llegada de Breanna lo cambió todo. De un triste 10-24 el curso anterior a su aterrizaje, Seattle firmó en 2016 un 16-18 que le valió para volver a los playoffs tras dos años de ausencia. Eso sí, cayendo en primera ronda ante Atlanta Dream. La niña del rostro triste firmó 18.3 puntos de media, los necesarios para llevarse el ROY sin ninguna discusión.

Más madura, Stewart se fue hasta los 19.9 tantos por partido en 2017. Aunque el récord de las Storm fue un pelín peor (15-19), Seattle pisó de nuevo la postemporada, para caer otra vez en primera ronda, esta vez ante Taurasi y Phoenix. Pese a todo, algo en su interior hizo click. La venida del dragón era inminente.

La llegada de Dan Hughes como técnico jefe en sustitución de Jenny Boucek más la incorporación de la fantástica Natasha Howard desde Minnesota le dieron a las Storm el toque definitivo para que Stewart, bajo la tutela de la siempre fraternal Bird, liderase a Seattle al sueño del tercer anillo.

Mientras tanto, la musa de los brazos alargados había hecho carrera con el Team USA ganando el Mundial de 2014 más el oro olímpico de 2016 en Río de Janeiro. Líder dentro y fuera del territorio yankee. En sus dos primeros años como profesional, compaginó sus hazañas en la WNBA con las Shanghai Baoshan Dahua de la Women’s Chinese Basketball Association. Oiga, todos tenemos derecho a ir a poner el cazo y que nos bañen en oro alguna vez, más si cabe cuando eres joven y tus piernas te lo permiten. Para nuestra fortuna, este verano anunció que jugaría por primera vez la Euroliga, y que lo haría en el Dynamo Kursk ruso bajo la dirección del técnico español Lucas Mondelo.

Llegó el 18 de mayo de 2018, o lo que es lo mismo, la opening night de la nueva temporada en la WNBA. Seattle partía en las quinielas como favorita, pero un peldaño o dos por debajo de las Lynx, vigentes campeonas, Sparks o Mercury. Sin embargo, la ciudad del basket sonríe y Seattle domina la Regular Season de principio a fin (26-8), dejando una sensación de superioridad bastante visible. La pregunta es, ¿aguantarán la embestida de los playoffs cuando las franquicias más veteranas se pongan las pilas?

Para empezar, son espectadoras de lujo de las dos primeras rondas (a partido único) de los playoffs, pues quedar primero y segundo en la clasificación te otorga ese privilegio. Por el camino se quedan Lynx y Sparks, actuales finalistas, víctimas de su propia irregularidad durante la temporada. En un lado del cuadro, Mystics y Atlanta pelearán por una plaza en las Finales; en el otro, Storm y Mercury repiten el duelo del 2017, esta vez al mejor de cinco encuentros, para decidir quién es la otra finalista.

Washington suda sangre para acceder a las Finales (3-2) tras tener que recuperar el factor pista en un cuarto y cardiaco partido en Atlanta con Delle Donne arrastrando problemas físicos.

En Seattle, los dos primeros partidos son un calco en el marcador (91-87 a favor de las Storm), pero no en las sensaciones. El GAME 1 lo gana Seattle en el barro, peleando cada punto. El segundo, tras gozar de una ventaja casi definitiva, ven como Taurasi estalla ofensivamente para llevar el partido a la prórroga, donde una mayúscula Bird salva el factor pista y asegura el 2-0 para las verdes.

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Arizona hizo honor a su orografía y fue un auténtico erial para las Storm, que vieron cómo perdían de paliza el tercer partido (86-66) y cómo dilapidaban de nuevo en el cuarto partido una ventaja considerable a lo largo de los tres primeros periodos para caer e igualar la serie a dos (86-84). El quinto y definitivo encuentro aguardaba en la lluviosa y melancólica Seattle.

No miento si digo que aquella victoria de las Storm (94-84) es uno de los mejores partidos que se recuerdan en la WNBA. Phoenix empezó muy bien el quinto, dando pie a eliminar al mejor equipo de la fase regular, pero las forajidas Stewart y Bird no iban a permitir que nadie, incluida Taurasi, estropeara el año de sus vidas. Partidazo de la número 30 para llevar a Seattle a las terceras Finales de su historia. Washington esperaba en el último paso hacia la gloria.

Analistas, especialistas y aficionados no fallaron al adelantar que ya habíamos vivido la final anticipada en la ronda previa, pues la distancia entre Mystics y Storm parecía demasiado grande como para poder ser subsanada en una serie tan larga. Dicho y hecho. Repaso tremendo en el primer partido (89-76), sufrimiento con victoria de nuevo en el segundo (75-73) y paliza a domicilio para cerrar un 3-0 histórico (98-82) y coronar así el sobresaliente 2018 de Breanna.

MVP de las Finales, Stewie añadía otro MVP a su vitrina, pues le habían entregado antes del inicio de los playoffs el premio a la mejor jugadora de la temporada (21.8 puntos de media). Quizá su sonrisa escondía más de lo que su alegría exultante mostraba, pero había una verdad indiscutible en todo aquello: había vencido de una vez por todas al monstruo.

Sin embargo, Stewart aún nos regalaría una actuación fabulosa más en 2018, esta vez en el Mundial de Tenerife, donde de nuevo EE.UU. se alzó con la medalla de oro, siendo la Amazona agasajada con el MVP del torneo, esta vez un pelín más discutido por la gran actuación global de Liz Cambage con Australia.

Es difícil resumir o sintetizar el valor deportivo y moral de Breanna Stewart, pues su figura va e irá mucho más allá del parqué cuando se canse de ser la mejor jugadora del planeta. Stewie es un ejemplo de superación, de amor propio y de lucha contra los elementos. Estaba llamada a reinar, pero tuvo que expulsar a tantos demonios en el camino que el destino, por un momento, pareció titubear. Gloria a la Amazona, a la mujer cuya envergadura hace palidecer al mismísimo Kevin Durant. Breanna Mackenzie Stewart, la  última gran diosa.

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