Carta al Gaúcho

Ya lo sabíamos. Se había acabado. Ningún indicio nos invitaba a pensar lo contrario. La oscuridad llegó mucho antes de que anunciase su retirada. Pero ésta nos destrozó igualmente. Ingenuos. Ronaldo de Assis Moreira, una tarde cualquiera, confirmó que no volvería a vestirse de corto. Al menos, no como profesional. Y no iba va a volver. Por entonces, todos los que en su día disfrutamos del mejor momento del talento de Porto Alegre, esperábamos que cualquier año decidiera brindarnos una última temporada cercana al nivel que nos dejó boquiabiertos tiempo atrás. Era un deseo descabellado, porque cada hoja del calendario pesa y llega la fecha en la que ya no puedes aunque quieras. Aquello de “carrera que el galgo no da en el cuerpo la lleva” vale para los canes jóvenes. La frase es preciosa. También embustera. Nosotros nos conformábamos con poco. Un highlight recogido por cualquier cámara era suficiente para que nuestra ilusión asomara por aquella rendija que siempre se mantuvo abierta a la magia, al deleite. Un caño pisando el balón, un pase mirando al tendido, una falta a la escuadra, un control imposible… Daba igual que en los 89 minutos restantes del encuentro de turno vagara sin rumbo por el verde, perdido porque su cuerpo iba por libre, independientemente de sus ganas, que tampoco parecían ser excesivas a esas alturas. Círculo vicioso, el no querer y no poder. No poder y dejar de querer. Rabia desde el sofá de mi casa. Siempre anhelé un gesto técnico más, un guiño más, un partido más… Resistiéndome a la evidencia: que todo tiene un tiempo y el reloj de la vida nos alcanza a todos. A día de hoy, sigo algo molesto. También agradecido y sintiéndome afortunado. Pero también frustrado. Persiguiendo una explicación.

Querido Ronnie:

Nunca entendí por qué abdicaste. Acababas de ganar el FIFA World Player y el Balón de Oro. Eras el más grande y nadie lo ponía en duda. Ya sé que después de ti vino Leo Messi, que ha sido maná para los aficionados culés. Y que el fútbol también tiene a Cristiano Ronaldo. Pero es que no son comparables. Ninguno, ni siquiera ellos dos. Cristiano es un gran futbolista, que ha potenciado sus prestaciones a base de mucho trabajo, de implicarse cada día en una guerra por ser el mejor jugador posible en una era en la que le ha tocado coexistir con Leo, posiblemente el mejor de todos los tiempos; otro fuera de serie con un don para que todo parezca sencillo y capaz de jugar en cualquier posición ofensiva: si está al noventa por ciento ya es inalcanzable para el resto de los mortales. Pero es que tampoco. Ni siquiera Messi puede hacer lo que tú hacías, de manera tan natural. Bajabas un balón caído del cielo con el mismo esfuerzo con el que cualquier individuo toma aire, inventabas y creabas, maravillabas y sorprendías. En rojo en el calendario, los días en los que te tocaba saltar al césped. Cuando parecía que ya lo habíamos visto todo, una nueva sorpresa sacada de la manga. Un repertorio de recursos inagotable, una chistera sin fondo, el mago más grande que haya existido. Y todo ello además, sonriendo, siempre sonriendo.

Claro que en mi retina ya vivían destellos de tu etapa con el PSG, o esos flashes que cegaban si te enfundabas la canarinha. En el Mundial de Corea y Japón, a la sombra de la “Doble R” (Ronaldo y Rivaldo), asomabas la cabeza para poner cierta cordura en el anárquico orden brasileiro. Nadie dudaba de que eras bueno, muy bueno. Pero yo te descubrí aquella noche de calor en el Camp Nou, cuando tras recibir de Víctor Valdés el balón, atravesaste el terreno de juego dejando en dos recortes a aquellos dos rivales que osaron salirte al paso y estrellaste el balón en la parte inferior del larguero marcando un gol antológico al Sevilla desde casi treinta metros. Mis ojos como platos y los sismógrafos de la Ciudad Condal registrando la actividad producida por las gargantas de los aficionados que habían acudido a trasnochar al estadio. Te descubrí aquella noche, pero no era consciente de todo lo que se venía encima. Te descubrí, sí, pero solo a medias, porque apenas mostraste una ínfima parte de todo lo que podías dar.

Y vaya que si ofreciste, Ronnie. Tus tres primeros años en Barcelona llevaron el fútbol a otro nivel y diste la vuelta a una época teñida de blanco en lo que a afición se refiere. Los galácticos del Real Madrid, ganando más o menos, encandilaban a los más jóvenes en los resúmenes semanales de las jornadas de liga. Zidane, Roberto Carlos, Figo, Ronaldo, Raúl… Aquellos que se iniciaban en este deporte querían ser como los héroes de Chamartín, lucir la impoluta elástica merengue y triunfar en la capital de España. El antídoto llegó con tu risa contagiosa. Mi padre, colchonero, apenas veía encuentros de la liga por entonces, a no ser que fuesen de su Atlético. Pronto comenzó a preguntar por ti cada semana. “¿Qué se le ha ocurrido esta vez hacer a Dinho?”. Y, maravillado como cualquier mortal, retomó su gusto por el fútbol general. El último ser humano que le había hecho sentarse frente a la televisión cada siete días antes de ti fue Michael Laudrup. Deduzco que ese punto de fantasía de esos capaces de emocionar acaba arrastrando incluso a aquellos que en su momento perdieron la ilusión por la sorpresa. Sé que como él, tantos se llevaron las manos a la cabeza con tus hechizos, y aplaudieron rendidos a la evidencia. ¿Te acuerdas del señor con bigote y su hijo el día que pusiste patas arriba el Coliseo Madridista? Eso es dominio, absoluto control, total autoridad futbolística. Tiranizados por la excelencia.

Ronnie, ¿cuántas lágrimas habrás provocado? De éxtasis, al llevar de nuevo al Barça a la luz tras un periodo de penitencia que se había prolongado demasiado. La esperanza perdida, el momento más triste que recuerdo como aficionado culé. Dicen que la noche es más oscura justo antes del amanecer. Fuiste el Rey Sol que iluminó el futuro. Frank Rijkaard te tiró a la izquierda, desde donde podías orientarte hacia dentro, siempre de cara, y tu golpeo salir a relucir. Y desde esa banda, tu banda, mas siempre con libertad, creabas, distribuías, asistías, desbordabas… Con la ansiedad que provocaban seis años sin títulos, en la 2004-05 la voracidad competitiva representada atrás por Carles Puyol y arriba por Samuel Eto’o se puso a tu servicio, a tus órdenes. Mordíais en campo rival y fabricabais de manera instantánea, con Xavi Hernández organizando, si el vértigo no tenía cabida, en una jugada distinta. Ese Barça fue el padre del de Guardiola, porque el de Cruyff fue el vuestro. Dos ligas y una Champions: hermoso, pero fugaz.

Ronnie, ¿cuántas lágrimas habrás provocado? De impotencia, de rabia, de tristeza. Hoy valoro la figura de Henk ten Cate. Un día le dijo a Cristina Cubero que cuando jugabas un mal partido o veías que había bajado tu ritmo, entrenabais por las tardes. Incluso en ocasiones se lo pedías tú. Entrenabas duro y te esforzabas para estar físicamente a la altura de tu fútbol espectacular. Hablabais mucho y eráis amigos, pero siempre te hacía trabajar como el mejor del mundo porque eras el mejor del mundo. Decía que tenías un don y no podías desperdiciarlo. Su salida coincidió con tu declive. Ahora ato cabos y puede que tuviese que ver. Frank era más benévolo, más un abuelo que un padre. Igual tras ganarlo todo debías tener a alguien que te mantuviese alerta. Ramón Besa, en “Informe Robinson”, dijo que cuando llegaste a la cima te liberaste de todos los traumas que te habían motivado a ser el número uno. Y de pronto quisiste que te llevasen en volandas, porque sentías que tu deber estaba cumplido. Pero te seguían exigiendo. Puede que necesitases un respiro. Puede que la agenda te superase. En cierto modo, no eras libre: anuncios, reportajes, audiencias… Eras preso del mercado y de las agencias. Tu vida había dejado de ser tuya y tu vía de escape fue la noche. Pero si en otro tiempo salías para divertirte, entonces salías para evadirte. No es lo mismo. Estabas triste. Sin alegría no hay motivación y sin motivación no existe el Ronnie que estaba en otro escalón. Volviste a ser mortal. Y los halagos se convirtieron en críticas. Amigo de todos en otro tiempo, te refugiaste solo en personas que te consintiesen tu estado de ánimo. Los entrenamientos dejaron de ser una fiesta y tras tus otras fiestas el club se excusaba en el gimnasio. Baños y masajes, masajes y baños.

Ese último año tuyo en Barcelona sufriste, estoy seguro. Y sufrieron tus compañeros. Les habías devuelto el deseo y estaban siendo testigos de cómo ese mismo deseo a ti te había abandonado. Debes ser un tipo muy especial, porque nadie habla mal de ti y todos te adoran. Siempre que surges en algún tema de conversación, en una entrevista, solo hay alabanzas. Mis sentimientos están encontrados, Ronnie, no puedo mentirte. Porque estoy seguro que de no haber perdido ese apetito no habría discusión sobre quién ha sido el mejor de siempre. Incluso en tu decadencia física, cuando en una temporada así lo quisiste, te eligieron futbolista del año en Sudamérica (2014, con Atlético Mineiro). Tu palmarés es enorme: Champions y Copa Libertadores, Copa del Mundo, Copa América y Copa Confederaciones, FIFA World Player y Balón de Oro… Pero pudo ser antológico. En los tiempos en los que se habla del dominio de Messi o de los brutales registros de Cristiano, cuando aún se duda entre Di Stéfano, Pelé, Maradona o La Pulga, y se tiene como referentes absolutos a Cruyff y, en menor medida, a Zidane, Eusebio, Garrincha, Platini, Puskas, Kubala, Best, Van Basten o Ronaldo Nazario, yo sigo pensando que el cénit de cada uno no le alcanza para llegar a tu mejor momento. Ese en el que dominabas como lo hacía Jordan en el parqué, Federer en la hierba o Phelps en el agua: solo con tu presencia.

Ronnie, el día que dejaste escapar ese medio segundo de ventaja permitiste a los demás que te alcanzaran y superaran. Y ya luego no fuiste capaz de encontrar la motivación necesaria que te devolviese a la senda del sacrificio. Ronnie, te digo desde lo más profundo de mi corazón que me va a costar perdonarte eso. Pero Ronnie, también con todo mi ser te estoy agradecido. Nadie me ha emocionado más que tú. Y las emociones son impagables. No sé qué harás ahora, Ronnie. De cuando en cuando te veo en televisión, en algún lugar, haciendo algo relacionado con el deporte que sometiste. Espero que seas feliz, que al final es lo que ese chaval de ocho años pretendía cuando les decía a los mayores que no estudiaba porque se iba a dedicar a hacer lo que más le gustaba. Espero que seas feliz ahora que se acaba el cuento. El mejor capítulo, el escrito en Barcelona, donde marcaste un antes y un después. Me despido. Y ahora mismo me voy a poner uno de tus vídeos, que es lo que nos queda. Hasta siempre, artista.

Sobre Jacobo Correa 23 Artículos
Tenerife. Me escuchas en PDR y me lees también en Skyhook Magazine y Sphera Sports.

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