Chauncey Billups, líder a pesar de todo

Tras el segundo partido de las Finales de 2004, a Larry Brown le visitaron viejos fantasmas. Hablaba con sus pupilos y les decía que recordaba lo que vivió previamente, siendo coach de los 76ers. Ben Wallace le interrumpió: “Esto no es Filadelfia”. Sin embargo, Brown prosiguió su discurso, tras alzar la voz. Cuando por fin terminó, fue Chauncey Billups, que había permanecido en silencio, quien tomase la palabra: “No vamos a volver a Los Angeles, entrenador”.

Aquellos Lakers contaban con cuatro potencialesmiembros del Hall Of Fame. A la dupla que logró el threepeat a principios de siglo se habían unido Karl Malone y Gary Payton. Y si bien sus mejores días quedaban atrás, con Kobe y Shaquille en plenitud, su experiencia y conocimiento del juego les hacía claramente favoritos. Larry Brown debió pensar en ello cuando sus muchachos cedieron en aquel Game 2. Porque el desenlace de aquella noche fue duro. Detroit mandaba por tres a falta de apenas once segundos. La idea era hacer falta, pero el núcleo duro (los Wallace, Hamilton y Billups) hicieron cambiar de parecer al veterano técnico. La orden era ahora la de hacer falta solo si era O’Neal el que recibiera la bola. La pelota cayó en sus manos, pero inmediatamente la envió hacia donde se encontraba Luke Walton, quien cedería a Bryant. Un triple forzado igualaba la contienda. En el tiempo extra los de amarillo igualaban la serie y asestaban un golpe anímico a su rival. “Estamos devastados. Tuvimos el partido casi ganado. En vestuario está triste”, reconocía Brown. En su fuero interno pensaba que debería haber sido inflexible en su decisión de cometer personal. Incluso creyó que debía disculparse ante sus chicos por ceder a sus deseos.

Pero Billups cumplió su palabra. En los siguientes tres encuentros, disputados en Detroit, los Pistons se mostraron abrumadoramente superiores. El MVP de aquella serie fue Chauncey, quien completaba un camino de siete años que le llevó de ser un jugador complementario a Mr. Big Shot. Fue el pico y al mismo tiempo punto de inflexión de su carrera. El resto de sus años como profesional, su nombre evocaría respeto, eficiencia, lucidez, maestría. Y liderazgo. Paso a paso, peldaño a peldaño en una escalera que le llevaría desde soldado raso hasta comandante en jefe. El primer escalón, en Massachusetts.

A los Celtics les tocaba reconstruir. Tras una horrible temporada de tan solo quince victorias procedía dar un golpe de timón. Cincuenta millones de dólares sobre la mesa para que Rick Pitino, coach de Kentucky, se convirtiese en la primera piedra. Su llegada coincidía con la salida de dos de los nombres más importantes de la organización. Red Auerbach renunciaba a la presidencia y Larry Bird aceptaba el trabajo de entrenador ofrecido por los Pacers. Con todo, el panorama era alentador. Dos elecciones altas y casi un treinta por ciento de posibilidades de ganar el número uno en la lotería del draft. Un draft en el que estaría Tim Duncan, la siguiente gran superestrella del momento. Y si por lo que fuese la suerte les daba la espalda, el siguiente nombre en la agenda de todas las franquicias era el espigado Keith Van Horn. El sorteo asignaría los números tres y seis a los orgullosos verdes.

Los Celtics entonces pensaron en Billups. Chris Wallace recordaba haber visto al jugador a principios de aquel año ajusticiar a Texas Tech y quedó impresionado. “Cuando vino para un entrenamiento nos dimos cuenta de que además de talento tenía carácter y una gran ética de trabajo”. Con el número seis, el equipo eligió a Ron Mercer (baloncestista que ya había estado a las órdenes de Pitino en Kentucky). El coach en seguida señaló a Billups como el base de futuro de Boston. Pero las sensaciones no fueron las esperadas: “Jugar para Pitino trae consigo mucha presión. Él quiere un baloncesto rápido, un estilo un poco loco para los profesionales. Eso no ayudó. No me dio la oportunidad de disminuir la velocidad y escucharme, escuchar el juego y lo que está sucediendo”. En realidad, la presión era conjunta. El éxito universitario les precedía. Pero Chauncey necesitaba una pausa que ahora no tenía. El reloj de posesión de la NBA le había robado once segundos y el vértigo propuesto por Pitino pesaba como una losa: “Yo no era el mejor jugador en la pista. No era el más grande en mi puesto, o el más fuerte. Es distinto que cuando llegas del High School. Entonces sí pude dominar como estudiante de primer año. Pero entre los profesionales me fui al final de todo. Era la primera vez que me encontraba en esa situación”.

Quizás Billups aterrizó en la liga justo en el momento en el que una nueva era de bases iba a revolucionar la posición. Él era un anotador antes de que los bases anotadores se pusieran de moda. Esto creaba un conflicto que había que resolver. Bob Cousy y Tom Heinsohn a menudo discutían en televisión sobre el verdadero cometido a desempeñar por el rookie. Heinsohn pensaba que debía ser un base puro, mientras que Cousy pedía más responsabilidades en la anotación y una apuesta más firme por el chico, ya que yendo hacia canasta podía superar con relativa facilidad a bases más pequeños y débiles.

Tyus Edney había llegado desde Sacramento aquel verano como complemento, junto a Dana Barros, en la posición de uno. Ambos jóvenes (él y Billups), no entendían muy bien lo que esperaban de ellos y crearon un vínculo. Se ayudaban mutuamente y compartían frustraciones. “A veces ni siquiera sé cómo jugar en este sistema”, le decía Edney. Billups comunicaría al entrenador asistente, Jim O’Brien, que el ritmo de juego los estaba agotando. Y la paciencia no dio para más. Habiendo disputado apenas 51 partidos de verde, Billups era enviado a Toronto en un intercambio que traería al equipo del trébol a Kenny Anderson. Pitino dijo que amaba a Billups, pero que no podía dejar pasar la oportunidad de tener a un verdadero base. “Algún día va a ser un jugador de baloncesto excepcional”. Tal vez debió reflexionar sobre sus propias palabras. Quizás haber tenido menos prisa hubiera sido, a medio plazo, lo ideal. Pero se quería acelerar el proceso. Cuatro meses más tarde Paul Pierce era elegido en la quinta posición del draft por los Celtics. No hubiera sido mal backcourt el formado por ambos, no…

A Chauncey lo que más le dolió fue que él creía que por fin estaba jugando mejor. “Nuestros seguidores habían comenzado a quererme, el equipo era irregular, pero yo empezaba a abrirme paso, a ganar confianza. Pero justo en la fecha límite me traspasan”.  Como anécdota, señalar que Richard, hijo de Rick Pitino, le retiró la palabra a su padre durante las siguientes dos semanas. A sus quince años tenía a Billups como jugador favorito. Chris Wallace explicaría que “era el precio a pagar. La salida de Chauncey permitió que ocurrieran otras cosas”.

Comenzaba para Billups un período errante. 29 encuentros; eso fue lo que duró su estancia en Canadá. Butch Carter, técnico de los Raptors justificó su salida debido a que “no tenía el liderazgo de un jugador veterano, así que no confié en él”. De nuevo Chauncey se quedaba a nada de formar un dúo exterior atractivo, puesto que sería Vince Carter quien aterrizaría allí en las siguientes fechas. Otra vez nos quedamos sin saber qué hubiera sido de un equipo con tanto potencial joven. Marcus Camby, Tracy McGrady, John Wallace, Alvin Williams… Llegado a Denver, Mike D’Antoni tampoco lo tuvo claro con respecto al jugador, aunque por diferente motivo. “Para nosotros juega de escolta, pero su verdadera posición realmente es una incógnita”.

Su tiempo con los Nuggets fue desalentador. Menos de sesenta partidos en total y la sensación de ser un jugador del montón. Además, tras una lesión que lo mantendría apartado lo que quedaría de temporada 1999-2000 es enviado a Orlando, donde ni quiera llega a debutar. Llegado el nuevo milenio, únicamente Tm Duncan y Tracy McGrady, de aquel draft en el que fue número tres, parecían estrellas consolidadas. Keith Van Horn lo hacía bien, pero sin alardes. Billups, por primera vez en su vida, pensó que tal vez no iba a lograr lo que siempre antes consiguió.

¿A qué nos referimos? Crecido en Park Hill (Denver), Billups (“Smooth” para sus compañeros) fue siempre un líder natural. Sus entrenadores de juventud nunca tuvieron que darte una misma instrucción dos veces. Todo lo asimilaba y todo lo hacía bien. Pero su carácter se reflejaba no solo en las decisiones que tomaba sobre la cancha, sino también fuera de ella. Mike Robinson, amigo de la infancia, tomaría un camino equivocado. Poco a poco se introduciría en el mundo del crimen, alejándose del baloncesto. Billups amenazó con dejar el equipo si Rick Callahan, entonces coach, no lo reincorporaba. “Probablemente estaba más preocupado por su amigo que por cualquier otra cosa en ese momento”.

Tras sentar las bases en la escuela George Washington, Billups entraba en la Universidad de Colorado para ponerla de nuevo en el mapa. Nunca antes tuvieron a otro jugador como él. Joe Barry Carroll o Michael Ray Richardson habían sido buenos, pero esto era otro nivel. El impacto de Chauncey como jugador de primer año era algo jamás visto. “Era una leyenda (ya en octavo grado) y todos lo sabían”, afirma su entrenador en el High School, Ed Calloway Jr.

Puede que vivir en un ambiente que conocía a la perfección fuese como jugar con red. Tras ser una estrella en la secundaria llega a una universidad que apenas está a dos kilómetros de su casa. Verte de pronto en las manos de Rick Pitino y compitiendo contra profesionales ya es otra historia. No sentirse importante provocaba infelicidad y esto repercutía luego en su baloncesto. La negatividad retroalimentada y un chico que parece perderse entre otros tantos jugadores complementarios, de rol. Mientras se recuperaba de la lesión, en la cabeza de Billups empezó a hacerse grande el pensamiento que escuchaba en boca de otros de que su objetivo igual ya no era dejar su huella, sino permanecer en la liga tanto tiempo como pudiese para poder alimentar a su familia. Por fortuna, justo entonces, firma como agente libre por Minnesota Timberwolves y todo cambia.

Los Wolves ofrecieron dos años a Billups. La situación de pronto era ideal. Su nueva franquicia no necesitaba a alguien que hiciera de líder, puesto que ya tenía a Terrell Brandon. Tampoco una estrella, puesto que ya estaba allí su amigo Kevin Garnett. Por primera vez en mucho tiempo, desaparecía la presión. Billups podría desarrollar su juego como realmente quería hacerlo.

Terrell Brandon fue una bendición para Chauncey. Su nuevo compañero había aprendido el oficio con Mark Price en Cleveland. Price jamás dudó en enseñarle a Brandon todo lo que sabía sobre el juego y rápidamente éste se convirtió en uno de los mejores bases de la competición (para Sports Illustrated el mejor en 1997). Brandon vio en Billups a una versión más joven de sí mismo, un tipo que podría aprender. “Una vez llegó a Minny vio que todos nos sentíamos seguros de nosotros mismos, sin presión. Le iba a enseñar a ejecutar el sistema porque él era el siguiente”. Brandon pidió a Billups que situase su taquilla junto a la suya. Chauncey entonces le confesó sus problemas con la toma de decisiones sobre el parqué. A partir de ese instante ambos comenzaron a quedarse después de los entrenamientos y muchas noches hablaban por teléfono para debatir sobre los rivales. “Los veteranos deben ayudar a los jóvenes a comprender el juego, porque cuando lleves más de diez años en la liga te tocará dar un paso atrás”. También Sam Mitchell fue un apoyo inestimable para Billups, comprendiendo perfectamente su situación. “Es muy difícil cuando eres un número tres del draft y la gente te ve como un error. Es complicado quitarse todas esas etiquetas que te ponen y superarlo”. Pero la reflexión más profunda vino del propio Billups. “Tuve que ser honesto conmigo mismo. No era culpa de un entrenador o de un equipo que no jugase. Simplemente no estaba listo, así que me miré en el espejo y me pregunté qué tenía que hacer”.

Billups alternaría las posiciones de base y escolta, hasta la grave lesión de rodilla de Terrell Brandon en la temporada 2001-02, cuando le llegó su oportunidad. Flip Saunders le dijo, en tono de broma, que podría convertirse en otro Tom Brady (quien pasó del banquillo a llevar a su equipo a la conquista de la Superbowl en cuestión de meses), pero Chauncey iba muy en serio. Ayudó a su equipo a sumar cincuenta victorias antes de caer derrotados por Dallas Mavericks en primera ronda de playoffs, donde el base lideró a los suyos en anotación con 22 puntos por velada. Tras cinco temporadas, cinco entrenadores y cuatro equipos, por fin Billups se asentaba como jugador titular legítimo en la liga. “Supo mantener la calma en situaciones de máxima presión. Es una habilidad muy especial que pocos tienen”, manifestaba Saunders.

Chauncey Billups volvía a ser agente libre, pero esta vez desde una posición muy distinta. Joe Dumars apostó fuerte. Lo invitó a su casa y ambos hablaron sobre el pasado del jugador. “No fue fácil para él; sentarse y repetir todo lo que había vivido. Mi respuesta, por el contrario, sí que lo sería: mi trabajo era asegurarme de que no tuviera ninguno de esos obstáculos en Detroit. Nada le iba a impedir convertirse en el jugador que podía ser”. Seis años por 35 millones de dólares pesaban demasiado, de modo que Billups se despidió con cierta tristeza de sus amigos Brandon y Garnett y se embarcó en un nuevo desafío.

Sin embargo, a mitad de temporada, Billups, seguramente condicionado por lo que le había ocurrido anteriormente, sintió cierto temor. Dumars entonces fue claro con él. “¿Qué ocurre? ¿Crees que vamos a cambiarte o enviarte al banquillo? No va a ocurrir. Tú eres nuestro chico. Estamos comprometidos contigo. Deja de buscar fantasmas. Vas a liderar este equipo”. Billups agradecería el gesto y no volvería a mirar atrás. Los Pistons acabarían primeros en su conferencia y eliminarían a los Magic de Tracy McGrady (remontando un 3-1 en contra) y a los Sixers de Allen Iverson, antes de caer frente a los New Jersey Nets en las finales del Este. Como dijo Rick Carlisle: “Era la primera vez que alguien le daba el balón y le decía que ése era su equipo, que creían en él”.

En su segunda temporada en Michigan, Larry Brown sustituiría a Carlisle. Lo primero que hizo fue convocar a Billups y Hamilton en su despacho. Allí les pidió que sacrificaran parte de sus tiros e hicieran porque el resto se involucrara. Billups no salió del todo contento, aunque aceptó el mandato. “Nunca volvimos a hablar sobre ese tema. Chauncey me miró a los ojos y se sacrificó por el equipo cada día. Miras el éxito del conjunto y entiendes que fue resultado directo de su acción”.

Aquellos Pistons estaban repletos de jugadores de primerísimo nivel, pero no contaban con una superestrella. Eran iguales entre sí. Y sin jerarquía clara, las discusiones también eran de igual a igual. “Si nos escuchas en la pista pensarías que no nos gustamos. Pero la realidad es que solo somos claros los unos con los otros. Es la forma en la que nos comunicamos”, aclara Richard Hamilton. Cuando se habla de química yo pienso en ese grupo. Relaciones construidas desde sus cimientos que traen consigo el equilibrio necesario, la confianza. Fuera de la cancha también podías verlos juntos cenando o yendo al cine. El significado de grupo tomaba forma con ellos.

Los Pistons ganaron aquellos tres partidos en Detroit, sumando un tercer Larry O’Brien a los dos conquistados por los míticos Bad Boys. Billups sería elegido MVP de las finales. “Fue muy grande. Por lo que había pasado durante mi carrera y por todas las personas que dijeron que no podía hacerlo, que no sería un gran jugador. Todas sus dudas, todas las preguntas que me hice, todo lo vivido… Es como si hubiese escalado una montaña. He logrado lo que siempre pensé que podría hacer, siendo el jugador que siempre supe que podría ser”. Para Rasheed Wallace: “Sentimos que podríamos enfrentarnos a cualquier otro quinteto en la liga, permaneciendo unidos”. Joe Dumars insistía: “Entendimos que no era la manera habitual de construir un equipo ganador. No sé si volveremos a ver algo así”. Tayshaun Prince también se manifiesta en el mismo sentido: “Creo que, en un futuro cercano, no va a ocurrir. Ganar de la forma en la que lo hicimos, creciendo como equipo. Hoy las estrellas deciden unirse para ganar. Pero no puedes culparlos por querer ganar. Sin embargo, creo que nuestro modo fue especial”.

Billups brilló con fuerza en los siguientes años. Cinco participaciones en el All-Star de manera consecutiva, innumerables tiros ganadores (validando su apelativo de “Mr. Big Shot”), aportando defensa y una dirección magistral. Con un don para los momentos importantes, mantendría a los suyos en la terna de aspirantes. Pero los Spurs de Duncan en 2005 (en una de las finales más competidas que se recuerden), los Heat de Wade y O’Neal en 2006 (a la postre conquistadores del anillo), LeBron James (en una de las mayores exhibiciones individuales que se recuerden en playoffs), y los Celtics del Big Three (también campeones) les privaron de una gloria mayor.

A pesar de no haber saboreado de nuevo las mieles del éxito, Chauncey creía que el título de 2004 le aseguraba terminar su carrera en Detroit. Sin embargo, Dumars decidió jugársela traspasando al base a Denver a cambio de Allen Iverson. La idea de Dumars era clara: intentarlo con Iverson en los playoffs de 2009 y, en caso de fracaso, comenzar a reconstruir liberando espacio salarial para el verano de ese mismo año. ¿Cómo les fue a ambas partes? Bueno, los Pistons no han vuelto a ganar una eliminatoria desde la marcha del base. Mientras, Billups siguió siendo Billups. En su primer año llevaría a un joven grupo a las finales de conferencia por primera vez desde 1985. Para el jugador era su séptima presencia consecutiva en una final de conferencia.

Los lamentos no tardaron en llegar. Primero Flip Saunders, que había sido coach de Billups durante tres años en Detroit tras coincidir en Minnesota, y que fue reemplazado por Michael Curry ese curso: “Todo el mundo sabe que fue una de las peores cosas que les pudo pasar. Deshacerse de Chauncey fue un error no solo por su capacidad para jugar, sino también por su liderazgo”. Después Joe Dumars: “El intercambio fue la cosa más dura que he tenido que hacer en este puesto. Es un chico al que consideraba como un hermano pequeño, un chico al que le tengo un gran afecto. Un muchacho con el que todavía hablo”. Sam Mitchell, por su parte, opinaba que “fue como al principio, cuando nadie quería a Chauncey. Yo me río. Todos los equipos lo elogian. Todos los que tuvieron la oportunidad de tenerlo. Y mira ahora. Es curioso, tan pronto como empiezas a jugar bien o a ellos les va peor, te quieren o te echan en falta”.

Superado el mal trago, Billups era de nuevo feliz en Denver, su casa. Pero la NBA es un negocio. Un negocio a veces demasiado impersonal, interesado. En febrero de 2011 los Nuggets tuvieron que sacrificar al héroe local para cerrar el acuerdo con los Knicks en el que enviaban a Carmelo Anthony a la Gran Manzana. El presidente, Josh Kroenke, se disculpó con Billups y su familia cuando anunció el intercambio, calificando su inclusión como la parte más difícil del acuerdo. Los aficionados de Denver culparon a Anthony, tildándolo de egoísta, sin importarle arrastrar al jugador local. Billups no culpa a Carmelo. “Estaba estresado y bajo mucha presión. No supo cómo manejarlo. Escuchó a las personas que escuchó y lo decidieron, sin más. Pero creo que, en retrospectiva, le diría que desearía que lo hubiese llevado de una manera diferente. A pesar de todo, consiguió lo que quería, que era ir a los Knicks. Para él fue un éxito”.

Billups volvía a estar a las órdenes de D’Antoni, solo que en mejores condiciones. Desafortunadamente, en el primer partido de playoffs, ante Celtics, el jugador se lesionaba la rodilla, quedando fuera de las eliminatorias. Los de Nueva York eran barridos sin contemplaciones. “Realmente creo que, si hubiera permanecido sano, hubiéramos hecho algo importante allí. Pensaba que teníamos la oportunidad de ser bastante buenos”.  Es algo que no pudo saberse. Ese verano, los Knicks amnistiaban al base para liberar espacio y así poder firmar a Tyson Chandler. Chauncey, decepcionado, estalló: “Estoy cansado de ser visto como el hombre bueno. De que se aprovechen de estas situaciones”.

Billups se uniría a los Clippers. En seguida se dio cuenta de que allí podría transmitir sus conocimientos. Billups y Chris Paul parecían Brandon y el propio Billups tiempo atrás. Pero justo cuando volvía a encontrar su espacio, llegó la desgracia. En un partido en Orlando, Chauncey se desgarraba el talón de Aquiles, perdiéndose el resto de la temporada. Con todo, sus compañeros le presionaron para que, aun lesionado, viajase con ellos y se sentase en el banquillo. Así sería. Semanas más tarde cualquiera que mirase al banco de los de los Clippers podía ver a Billups asesorando y hablando con los otros jugadores, como si de un entrenador asistente se tratase. Ese mismo verano, firmaría una extensión por un año con la franquicia californiana. Pero problemas en la espalda y una tendinitis limitaron su participación a únicamente veinte duelos.

La última parada, Detroit. Allí se retiraría, obligado por sus continuos problemas físicos, vistiendo la camiseta que llevaba cuando acarició los cielos.

Por cierto, ¿recordáis a Mike Robinson, amigo de infancia de Billups? En 1994 fue condenado a 25 años de prisión por cargos de crimen organizado. Sin embargo, jamás perdieron el contacto. Robinson habitualmente le llamaba desde la cárcel y Chauncey le ayudó económicamente. Cuando a Robinson le llegó la vista para la obtención de la libertad condicional, Chauncey habló en su favor. Y, mientras estuvo preso, Billups le motivó a formarse, prometiéndole que cuando saliese le ayudaría a encontrar empleo. Después de catorce años, Robinson fue liberado. Entre rejas obtuvo el título de preparador personal. Podéis imaginar a quién entrenaba cada verano… “Chauncey no es el tipo de persona que se regocija o presume de lo que hace. Él deja que sus acciones hablen por sí mismas”. Palabra de expresidiario.

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