Bendito diablo

Es 22 de octubre de 1964 y en Šibenik, una pequeña ciudad croata situada en la zona central de Dalmacia, junto a la desembocadura del río Krka, en la costa del mar Adriático, el tiempo es bueno casi todo el año. Sus poco más de 26.000 habitantes (en aquellos años) hacen de esta extensión de terreno un sitio tan propicio para vivir como otro cualquiera.

Pero Šibenik tiene algo que la diferencia del resto del mundo, sus habitantes están hechos de otra pasta, tienen una pasión y una fuerza de voluntad superior a la de muchas ciudades del mundo. Tras la caída de la República de Venecia en 1797, Šibenik cayó bajo el control del Imperio austrohúngaro. Después de la Primera Guerra Mundial, pasó a formar parte de la extinta Yugoslavia. Más tarde, durante la Segunda Guerra Mundial, fue asediada por alemanes e italianos, hasta alcanzar su cénit de destrucción en 1991 cuando, en medio de la Guerra de los Balcanes, fue atacada brutalmente por Yugoslavia, en una ofensiva fratricida para evitar la independencia de Croacia.

Aún así, entre tanto dolor y muerte, en Šibenik hay una magia especial. Y aquel día de 1964, Jole y Biserka Petrovic trajeron al mundo al segundo de sus hijos, Drazen. Ellos no lo supieron hasta pasados los años, pero nos habían regalado al genio más amado y odiado de la historia reciente del baloncesto. Drazen fue especial desde sus primeros pasos por la villa yugoslava donde, junto a su hermano mayor Aleksandar, comenzó a entrar en contacto con el mundo del baloncesto (Aza era el mote familiar del hijo mayor de los Petrovic). Aza era ya una promesa en ciernes cuando Drazen era aún un niño, al cual le diagnosticaron una malformación congénita en la cadera que podría lastrar su vida deportiva. Sin venirse abajo, Petrovic empezó a jugar en solitario al baloncesto, asimilando todo aquello que su hermano le decía. Carácter, disciplina y talento. Hasta que llegado el momento, a sus diez años de vida y gracias a la mediación de Aza, entró en el equipo de su instituto.

Tal fue su impacto, que el equipo de la cuidad, el KK Sibenka, lo incorporó a sus filas con apenas 16 años. Antes, en 1978, había ganado la medalla de bronce en el Campeonato Juvenil de Yugoslavia. Le costó poco hacerse un hueco en el quinteto titular y, según crecía su fama y su talento, el KK Sibenka subía peldaños en la competición nacional. Había pasado de militar en las categorías inferiores del baloncesto yugoslavo a ascender en 1979 y desde entonces, se convirtió en un rival para los gigantes del baloncesto balcánico como eran Partizán, Bosna Sarajevo o Estrella Roja, entre otros.

El destino quiso que coincidiera durante un breve lapso de tiempo con su hermano Aza, antes de que éste decidiera dar el salto y fichar por la Cibona de Zagreb, equipo referencia del país.

¿Por qué amaron a Drazen? Sencillo, fue un rayo de luz en mitad de la noche. Una sonrisa en pleno drama, un acto de locura en un mundo ridículamente cuadriculado. Tenía en la misma medida esas dosis de genio y de cabrón que hacían de él una pieza única de museo. Talento combinado con carácter, la dupla del éxito. Cogió el testigo de su hermano en el KK Sibenka, donde Aza ya era casi mito.

Una manera de anotar casi enfermiza, que mezclaba con una velocidad endiablada, una forma de penetrar rara vez vista y una manera de tirar que en el viejo continente no se conocía. Llevó al humilde equipo de Šibenik a dos finales de la Copa Korac que, cosas del destino, perdería ambas ante el Limoges francés. También ganó la liga yugoslava en una final trepidante frente al Bosna Sarajevo, pero que tiempo después le sería arrebatada por la corrupta federación yugoslava.

Con la final empatada a uno, el Sibenka ganó el tercer y definitivo encuentro con dos tiros libres de Petrovic con el reloj a cero. Días más tarde, se mandó repetir el partido en campo neutral sin razón coherente alguna, pero el equipo de Drazen, indignado por la decisión, no se presentó y le dieron el título al Bosna. Demasiadas derrotas, fuera y dentro de la pista para un chico llamado a hacer historia. No aguantaba más ser el mejor de los perdedores. La Cibona llamó a su puerta, e irremediablemente, Drazen le abrió.

Entretanto, su rol con la selección había cambiado muchísimo. Tras formar parte del equipo absoluto por primera vez en el europeo de Francia en 1983, fue en los Juegos Olímpicos de 1984 en Los Ángeles donde Drazen subió un peldaño, y se convirtió en titular de aquel maravilloso roster que iba a la ciudad californiana con el objetivo de dar la campanada en el corazón del baloncesto de élite.

Nada más lejos de la realidad, tras ganar todos los partidos hasta semifinales, la Yugoslavia de Petrovic caía frente a España en un partido instalado en el imaginario español. Se tendría que conformar con el bronce obtenido frente a Canadá.

Llegó la nueva temporada y con ella, se iniciaba una dinastía en el baloncesto europeo y, por supuesto, yugoslavo. Drazen pasaba de ser la estrella a ser un jugador más, tendría que ganarse a Mirko Novosel.

En una plantilla que venía de ser campeón de Yugoslavia, con grandes figuras, como Knego y Nakic, Petrovic creció hasta explotar su talento de forma bestial. Una primera temporada en la que el genio de Šibenik se fue hasta los treinta puntos de media, juntando competición nacional y Copa de Europa, demostrando una superioridad y un dominio impropio de alguien tan joven. Estrella indiscutible de la Cibona, consiguió la liga por primera vez en su carrera (segunda si contamos el hurto de su primer entorchado en el KK Sibenka) y llegaba a la finalísima de la Copa de Europa, ante el que sería su amor prohibido y futuro equipo, el Real Madrid.

Drazen se convirtió en el tipo más odiado de aquel vestuario, su segunda parte de aquella final fue una exhibición total y absoluta. Sacó de quicio a cada uno de los jugadores del Madrid. Primero, con sus 36 puntos y después, con sus desprecios constantes, botando el balón de espaldas a su defensor, girando la cabeza para sacar la lengua y reírse de él. Era terrible. Un demonio que se sentía amo y señor del baloncesto con sólo 22 años. Nada que hacer, aquella Copa de Europa viajó a Zagreb.

Drazen iba quitándose enemigos del camino, y la siguiente parada sería el gigante Sabonis, que militaba aún en el Zalgiris de Kaunas, rival de la Cibona en la final de la Copa de Europa del año 1986.

Tras una temporada con bajas importantes, como la de su hermano, Drazen creció como anotador de forma exponencial, logrando hitos como los 112 puntos anotados frente al Olimpia de Ljublijana. En aquella final frente a Sabonis, Drazen no cuajó su mejor partido, sin embargo, Cvjeticanin y Usic se hicieron cargo de la labor ofensiva, mientras Nakic desquiciaba a Sabonis hasta el punto de propinarle un golpe que le costó la expulsión.

Aún sin anotar, Petrovic dejó tras de sí una serie de humillaciones, gestos y pases en el límite de la burla deportiva que hicieron las delicias de sus rivales. Otro título europeo caía para la Cibona, y aquel muchacho seguía engordando su leyenda.

Corría el año 1988, la Cibona seguía en la élite del baloncesto europeo, pero ya con menos poderío. Dos finales de liga perdidas de manera consecutiva ponían en duda el proyecto, y con Petrovic hipotecando su futuro al Real Madrid, la Cibona de Drazen daba sus últimos pasos. Campeón de la Recopa en 1987 y subcampeón de la Copa Korac frente al Real Madrid en 1988. El ídolo de Zagreb dejaba a todo un país deprimido y hacía las maletas rumbo a Madrid, una estrella llegaba a la constelación más grande del continente.

El Madrid no es ni la Cibona ni el Sibenka, aquí juegan los mejores y eres uno más. Explícale eso a Drazen, se reía en tu cara. Mezclaba su aura de estrella del rock and roll con un toque de niño bueno que le hacía, sencillamente, irresistible. O le odiabas o le amabas, la indiferencia con Drazen no tenía cabida. Tal fue su impacto en España, que aquella única temporada de blanco antes de cruzar el charco se conoce como La Liga de Petrovic. Así era su figura.

Con Fernando Martín nunca se tragó. Los dos eran líderes por naturaleza, cada uno a su manera. Fernando venía de vuelta tras un año de viaje por Portland, y había regresado a capitanear la nave blanca dos años antes de la llegada de Drazen. Bajo el mando del croata, el Real Madrid ganaba la Copa del Rey y la Recopa, con una final memorable en la que Petrovic metió la friolera de 62 puntos frente al Snaidero Caserta de Oscar Schmidt, que anotó 44 puntos. Aquella exhibición encendió las alarmas en Portland, que pasó a una ofensiva final para firmar al talento de Šibenik, y como todo en la vida, acabó saliendo a la luz. Mientras, el individualismo de Drazen abría una grieta en el vestuario blanco.

Drazen lo había mantenido en secreto, pero a medida que la temporada avanzaba y la relación con los jugadores del Real Madrid se hacía más fría, explotó en una entrevista dejando entrever que esta sería su única temporada de blanco. Y llegó el final del reinado de Drazen en la capital española.

Llegaba la final de la Liga ACB, ante el Barça, el mismo Barça al que habían sometido durante todo la temporada en sus enfrentamientos anteriores. Pero la final fue bien distinta, tras cuatro partidos de alto nivel, el definitivo encuentro se jugaría en un Palau a reventar y con ganas de mojarle la oreja al eterno rival.

El último partido del divo yugoslavo en España estuvo marcado por su expulsión a manos del árbitro Juan José Neyro, con quien Drazen tenía cuentas pendientes de la temporada anterior. Corría la campaña 1987-88 y la Cibona era invitada al famoso torneo Memorial Héctor Quiroga, un cuadrangular que reunía a los dos finalistas de los playoffs más dos equipos invitados. En las semifinales del torneo, Drazen Petrovic era expulsado por escupir a Neyro en protesta por la señalización de una técnica. Acabaría jugando la final por la intervención del alcalde de Puerto Real, Pepe Barroso, en un intento de no desprestigiar el torneo. Cuenta que se cobraría el colegiado en aquel quinto partido del año siguiente. Mientras la impotencia por no poder jugar le corroía por dentro, observaba desde un sitio privilegiado como el Barça le ganaba la liga, y el recuerdo del Palau se le quedaría marcado a fuego en su memoria.

Igual que vino, se fue. Dejó dos títulos en la vitrina y una paz mental en el vestuario blanco que no se podía pagar con dinero. El genio rebelde ponía rumbo a la NBA, todo un horizonte desconocido para aquel chaval que había sido dominador absoluto del baloncesto europeo, pero que sin embargo, no sabía nada de cómo se jugaba al baloncesto en aquellos lares. El reto en mayúsculas de su carrera.

La etapa en Portland fue depresiva para Drazen. Llegó con el cartel de estrella europea a un equipo cuyos astros iluminaban más que él, y todos rendían pleitesía a la gran estrella, Clyde Drexler.

Petrovic se sentía solo, con su familia demasiado lejos, inmerso en un sinfín de viajes por toda la geografía estadounidense. Drazen se amargó jugando los escasos minutos de los que disponía, aunque con buenos números. Su ADN de anotador compulsivo le hacía rendir estadísticamente, pero siempre estuvo lejos de encajar en el esquema de Rick Adelman. Demasiado anárquico, incluso para el juego NBA. La temporada 1989-90 a nivel colectivo fue fabulosa. Portland lograba acceder a la finalísima de la NBA frente a los Detroit Pistons. La abultada derrota por 4-1 fue muy dura, sin embargo, ni el éxito hubiera mitigado la sensación de fracaso que Drazen arrastraba. Sólo destacó su actuación en el segundo partido de las Finales, donde ejerció de revulsivo saliendo del banquillo, lo que le dio minutos en el tercer partido, en donde sin éxito en sus lanzamientos, se condenó a no jugar más en la serie.

La soledad dejó tocado a Drazen, todo un poeta del baloncesto incomprendido por el monstruo llamado NBA, una máquina de devorar europeos en aquellos años. Una vez más, el rebelde pedía nuevo cambio de aires, con destino esta vez a los New Jersey Nets.

Yugoslavia, por su parte, había crecido hasta ser el mejor equipo FIBA del momento. Tras la mencionada derrota en Los Ángeles en 1984, la selección balcánica saciaba su sed de venganza poco a poco. Pero antes vendrían tres varapalos tremendos de forma consecutiva.

Para empezar, las semifinales del Mundial de 1986 en España. Yugoslavia dejaba escapar la plaza para la final tras ver atónita cómo la URSS le remontaba un partido que a falta de dos minutos y quince segundos, dominaban por 81-72, pero Sabonis, disfrazado de héroe y alentado por las gargantas españolas, obraba el milagro y dejaba a Petrovic sin oro.

Después, en el Europeo de Grecia en 1987, se verían de nuevo apeados en semifinales por la anfitriona que, tras una actuación colosal desde el triple de Christodoulou y un gran partido de Galis, se colaba en una final que terminarían ganando a la URSS. Orgasmo griego. Dos bronces seguidos.

Juegos Olímpicos de Seúl. Estados Unidos y sus universitarios patinaban en las semifinales frente a la URSS, a la que ya le asomaba el ocaso pero con el talento necesario para llevarse otro oro todavía. Por el otro lado, Yugoslavia superaba a Australia y se citaba con los soviéticos en la final. Y volvían a perder frente a Sabonis. Una plata que dolía como una bala en la medula espinal. ¿Serían alguna vez mejores que esos jodidos rusos?

Pues sí. Tres oros seguidos coronarían a Petrovic como uno de los más grandes de todos los tiempos. En 1989, el europeo se celebró en Yugoslavia, y Petrovic y los suyos se llevaron el oro mostrando una tiránica autoridad. Un roster de leyenda. Petrovic, Dino Radja, Vlade Divac, Zarko Paspalj, Jure Zdovc, Predrag Danilovic y Toni Kukoc. Casi nada. Luego se irían añadiendo piezas como Zoran Savic o Velimir Perasovic, refuerzos de lujo.

Después del primer oro vendría el Mundial de 1990 en Argentina. Yugoslavia superaba a Estados Unidos en semifinales para después vencer a la URSS en la final por 92-75, con una exhibición de 31 puntos por parte del genio de Šibenik. Y entonces, ocurrió algo que cambiaría para siempre la vida de Drazen Petrovic.

Tras tomar el Luna Park y en medio medio de la euforia tras la victoria, un aficionado, de los muchos que saltaron a la pista, lo hizo blandiendo una bandera croata en la mano. Pocos instantes después, Divac le reprochó su actitud, arrebatándole la bandera e invitándole a marcharse de allí. El gigantón se acabaría uniendo al corrillo de jugadores que celebraba el oro. Aquel gesto no gustó en absoluto a Petrovic, provocando el inicio de una fractura entre aquellos dos amigos, que ya eran casi hermanos y, que desde ese momento, se hicieron enemigos.

En Croacia acusaron a Divac de insultar a su país y de nacionalista serbio. Fue un duro golpe para Drazen perder la amistad con Vlade, apoyo fundamental en su dura y solitaria etapa en Portland.

Aún les quedaría otro oro más que ganar juntos en el Europeo de Italia en 1991, y después, la Guerra de los Balcanes haría trizas una amistad y una nación. Una etapa negra de la historia.

Es 1991 y Petrovic afronta con ilusión su nueva etapa en los Nets, sobre todo viniendo de coronarse campeón de Europa y acumular su tercer otro en tres años. La vida en la NBA dio un giro de 360 grados para él allí. Fruto de su buena situación en cancha, donde anotaba más y empezaba a ganarse el cariño de la prensa y del público, Drazen cambia su cuerpo y su juego. Mucho más fuerte y más disciplinado, Petrovic perdió algo de frescura propia de la juventud, y cambió su juego hacia un sentido mucho más táctico y organizado, pero sin perder por supuesto su faceta anotadora. Una madurez baloncestística maravillosa.

Su primera temporada en los Nets fue, por tanto, un punto de inflexión en su carrera, no sabíamos si veríamos al mejor Petrovic de ahora en adelante, pero si un Drazen mucho más completo. Una máquina de ganar.

Antes de empezar el curso baloncestístico 1992-93, llegaron los Juegos Olímpicos de Barcelona, los primeros como integrante del equipo croata en lugar del yugoslavo. Tras un gran torneo y unas semifinales cargadas de épica, Croacia accedía a la gran final donde esperaba el mejor equipo de todos los tiempos: el Dream Team.

La final comenzó igualada, con Petrovic ejerciendo de líder ante la nueva camada croata que se abría paso por el mundo, pero pronto aquel roster de ensueño aplastó a los croatas. Dominio absoluto hasta el 117-85 final. Estaban felices, sabían que perder frente al Dream Team era mucho menos doloroso. Habían hecho que Croacia y no Yugoslavia compitieran contra la que a día de hoy es la mejor selección que se ha visto en una cancha de baloncesto.

Arranca la nueva temporada en los Nets, y Petrovic crece de forma brutal. Tal es así que es considerado el tercer mejor escolta de la NBA, incluido en el tercer mejor quinteto de la Liga y teniendo unos porcentajes salvajes, más del 45 por ciento en triples y estando por encima del 50 por ciento en tiros de campo. Su promedio de puntos superaba los 22 puntos por partido. Otra vez llegaron a playoffs, donde los Cavaliers les eliminaron. Incluso rozó estar en el All-Star, algo único para un extranjero en la NBA. Una locura. Su última locura.

Acabada la temporada, Petrovic se marcha a Europa a jugar el pre-europeo en Polonia, donde obtuvieron plaza para el Eurobasket de Alemania. La ruta a seguir sería un viaje en avión hasta Zagreb, previa escala en Fráncfort. Pero Drazen tomó entonces la decisión de su vida. Iría en coche, desde Fráncfort hasta Zagreb, recorriendo las carreteras de Europa junto a Klara Szalantzy, su pareja, con la que había quedado en el aeropuerto. Su último viaje, el día que alcanzó la luz.

7 de junio de 1993. Drazen yace sobre el asiento del copiloto, descansando. Aquel Volkswagen Golf se encontraba sobrepasando Denkendorf, una localidad entre Núremberg y Múnich, cuando de repente, un camión invade el carril contrario a causa de la lluvia, estampándose contra el coche, segando la vida de Petrovic.

Qué forma tan cruel de acabar tu paso por el mundo, rompiendo el corazón a todo un deporte. Un adiós sin despedida. En la torre del reloj de la Catedral de Šibenik se inscriben los nombres de los muertos, intentamos honrar sus hazañas, aunque los rostros se borren de nuestra memoria. Esos recuerdos son lo único que queda cuando la muerte se ha llevado todo lo demás.

Un regalo para el baloncesto, un rayo de luz que trajo consigo el esplendor del basket europeo como jamás lo hemos vuelto a ver. El aliento de una nación que se deshacía fruto de la guerra, el puño al aire de todo un pabellón que coreaba tu nombre. Te odiaron, sí, tanto o más como te quisieron, pero he ahí tu grandeza. Europa no ha conocido un tirador tan letal, un jugador tan dominante ni una leyenda tan imperecedera como tú. Títulos, canastas, talento, carácter, amigos y enemigos. Todo eso es tu legado.

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