Despertar, morir, renacer, vivir. El largo trayecto de Marcus Camby

Para poder vivir verdaderamente, hay que renacer. Para renacer, primero hay que morir. Y para poder morir, primero hay que despertar”. George Gurdjieff.

Una tarde cualquiera de 1997, en una habitación de hotel, Marcus Camby se sintió solo. Sin agentes, sin amigos, sin publicistas, sin periodistas… Nadie competía por su afecto, por su atención. En su segundo año como profesional, tocaba fondo. Fue el DESPERTAR de alguien que había tenido todo a su alcance siendo universitario. La Final Four con UMass, a las órdenes de John Calipari, un éxito mayúsculo que quedaría en nada cuando se supo que Camby había violado las normas de la NCAA, aceptando dinero en efectivo y numerosos obsequios. A medida que el tiempo pasaba, se sabía más de aquel sórdido episodio. Entraron en el lote coches de alquiler y prostitutas. Todo proporcionado principalmente por John Lounsbury y Wesley Spears, quienes se convencieron de que el entonces All-American les permitiría representarlo llegado al profesionalismo. Pero la aparición en escena de ProServ, agencia de representación que negociaría el primer contrato del número dos del draft de 1996 en la NBA (ocho millones de dólares por tres años), provocaría que todo saliese a la luz. Lounsbury y Spears, sintiéndose como amantes despechados, no tardaron en hablar de lo ocurrido.

La historia de Camby no difiere mucho de la de cualquier muchacho que apunta a estrella. Los cazatalentos se lanzan a por la oportunidad. A Marcus llegaron a ofrecerle coches, casas para su madre o el pago de las matrículas universitarias de sus hermanas. Cuando te llega todo eso sin pedirlo, a esas edades, empiezas a reclamar otras cosas, porque sabes que te las van a dar. Y tampoco consideras que puedes llegar a  juicio si optas por tomar otro camino. Lo peligroso viene cuando pierdes el control de la situación, como ocurriría en este asunto. Si bien con Lounsbury hubo problemas, el caso de Spears se iría completamente de las manos. Este amenazó con airear un contrato ilegal a menos que Camby pagase por su silencio. El jugador acudió a la policía y Spears fue acusado de extorsión y de promover la prostitución. Pero justamente su propia declaración dañó gravemente la imagen de Marcus. Siendo junior, Spears llevaría a una mujer a su habitación en la Universidad de Massachusetts para que mantuviese relaciones sexuales con él y dos compañeros más. Sería el comienzo de un peligroso camino que acabaría con Camby practicando sexo con otra mujer en casa de Spears. Este tomaría fotos del encuentro y lo amenazaría con ellas, reclamándole un cuatro por ciento de su contrato.

La MUERTE de Marcus era un hecho. En lo deportivo quedaba atrás su fabuloso periplo universitario. Tres años en los que había sacado de las sombras a UMass, convirtiéndose en el segundo mejor jugador de la historia de la misma (un tal Julius Erving vistió esa camiseta antes que él) y tocando techo (aunque fuese temporalmente, puesto que los resultados dejarían de ser válidos cuando se supo el affaire Camby). En su último año, unas medias de 20.5 puntos, 8.2 rebotes y 3.9 tapones por partido, que le valieron once premios individuales como baloncestista universitario del año. Ahora estaba en Toronto Raptors, disputando su segunda temporada como profesional, en la que acabaría como máximo taponador de la liga. Aunque con todo el contra. Las lesiones no le ayudaban (ya se había perdido una gran cantidad de encuentros en su temporada de novato, algo que no le impediría formar parte del primer equipo rookie) y el escándalo estaba en la calle. Así, acabado el curso, los Raptors consideraron que era mejor deshacerse de él, traspasándolo a los New York Knicks a cambio del veterano Charles Oakley. Con Patrick Ewing como figura inamovible, Kurt Thomas asentado en la titularidad y Larry Johnson alternando sus minutos en las posiciones de 3 y 4, todo estaba dispuesto para oficiar el funeral baloncestístico de Camby. Sus apenas veinte minutos de promedio en regular season ya en la capital del mundo, así lo anunciaban.

Fue en la extraña temporada del lockout. Michael Jordan se había ido y se abría un nuevo periodo de incertidumbre. Chicago de pronto era un solar y los Knicks habían juntado piezas suficientes para considerarse aspirantes. Al menos, por gasto salarial, así debería ser. Sin embardo, el curso fue un desastre. Ewing se lesionó y Latrell Sprewell también se perdía casi una cuarta parte de los partidos. Jeff Van Gundy no daba con la tecla y los medios se cebaron en el mal juego que presenciaba el Madison Square Garden. El propio New York Times sacaría una editorial en tono de burla, refiriéndose al dinero gastado y cuestionando los movimientos de la franquicia. Los aficionados incluso debatían sobre si la salida de Oakley para adquirir a Camby había sido una mala o una pésima idea. La figura del ala-pívot era muy valorada por el público neoyorquino, quienes consideraban a su exjugador un líder en el vestuario, alguien con la química necesaria para hacer que las cosas funcionasen. Llegado el final de la temporada regular y con un balance de 27-23, siendo octavos en la Conferencia Este, los Knicks arrancaban los playoffs con todo en contra.

Pero en las eliminatorias por el título, la locura. Latrell Sprewell comandando la ofensiva, volando cuando podía correr al contraataque y contagiando a los suyos con ese fuego interior de aquellos que nacen para competir. Larry Johnson siendo superior físicamente a sus pares en el puesto de alero. Y Allan Houston anotando en el último segundo en Miami para convertir a los suyos en el segundo equipo en la historia en derrotar a un primer cabeza de serie. La duda estaba en la zona: Patrick Ewing jugaba con dolor cada partido, penalizando en dinamismo. Y el punto negro, los bases: Charlie Ward y Chris Childs, quizá la peor pareja de la liga, se embolsaban unos diez millones de dólares por temporada entre ambos, dinero que podría haber sido invertido en un point-guard de garantías o cualquier otro baloncestista de nivel o rol específico que fuese necesario. Por su parte, Camby, saliendo desde el banco, le daba a los suyos un plus en rebote y defensa que no habían encontrado en todo el año.

Tras superar el primer escollo, asomaba Atlanta. Dikembe Mutombo se sentiría incómodo cuando quedaba emparejado con Camby, quien le sacaba de la zona, minimizando su impacto en el juego de los Hawks. Los del estado de Georgia no fueron rivales. Los Knicks castigaron a sus adversarios con contundente 4-0, con la dupla Sprewell-Houston a pleno rendimiento. Pero sería en las finales de conferencia cuando llegaría el gran arrebato azul. Patrick Ewing duró dos partidos. El talón de Aquiles le apartaba de la carrera por el título, dejando huérfana la pintura. Con la serie empatada, había que dar un paso adelante. Camby disparó sus minutos hasta los 31.3 por noche, a pesar de seguir partiendo desde el banco. Y sus medias se elevaron en esa serie hasta los 14.3 puntos, 10.7 rebotes, 2.2 robos y 3 tapones por duelo. Cuando Marcus entraba en el parqué, se adaptaba perfectamente en la ofensiva y mejoraba ampliamente el aspecto defensivo del quinteto. Tanto Rick Smits como los Davis se vieron incapaces de contrarrestar el impacto de Camby, quien era pura pasión. Había llegado, por fin, el RENACER.

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