Fútbol, bares y mujeres

Me gusta tanto el fútbol que sólo pongo los partidos en la tele para comprobar si lo que estoy leyendo en Twitter es correcto. Salvo el Atleti, el resto de equipos me producen tanta pereza que todos los encuentros se me hacen largos. Tal vez porque este deporte me interesa cada vez menos que lo que algunos opinan sobre él. Hace poco compartía esta idea con Quique, uno de esos amigos imprescindibles cuya conversación siempre está cargada de sentido común, aunque de su brazo esté colgando una jeringuilla con heroína: Pike, amigo, hemos llegado a un punto en que a nosotros, más que los partidos, lo que nos entretiene es su periferia. Los gestos, los detalles o los tacones de Inma Rodríguez, hace ya tiempo que nos interesan más que los goles, los regates y las polémicas.

Aunque lleva razón, no siempre fue así. Hubo una época en que el fútbol me apasionaba y ni dejaba escapar ningún partido ni me perdía los programas nocturnos de radio. Especialmente si eso aplazaba el momento de sentarme a estudiar. Si los miércoles había Champions nunca había examen al día siguiente, porque necesitaba ver también los resúmenes. Jugaba en varios equipos, leía los periódicos y las charlas con los amigos eran al noventa por ciento sobre fútbol. El otro diez por ciento, como para Best, desperdiciábamos el tiempo. Me obsesionaba tanto este deporte que muchos allegados se hastiaban de mí o incluso mi novia de entonces se ilusionaba con encontrarme algún día una mancha de carmín o el aroma del perfume de otra mujer, antes que con el MARCA bajo el brazo.

Es difícil saber que produjo este cambio. Descarto, desde luego, que sea por esa corriente de odio al fútbol moderno que me es ajena, y lo más probable es que ocurra igual que con el resto de amores, que conocen un estado febril, sobre todo en sus comienzos, que deriva con el tiempo en un cariño diferente, más sereno y sincero. También con el cine me ocurre algo similar. Tras muchos años de ardor, tengo ahora la sensación de que las películas de mi vida ya las he visto y tengo lleno el altar de mitos . Cualquiera de las que ahora consideran obras maestras, se me hacen bola y me interesan más bien poco. Sólo, en raras ocasiones, tropiezo con una película que no conozco de nada, me engancha, y le hago un pequeño hueco entre mis preferidas, contento por renovar el repertorio y mantener la fachada de cinéfilo. Eso sí, renegando de los éxitos comerciales.

Tal vez el motivo sea que me inquieta más la hora en que mi hijo sale de inglés que la del comienzo de los partidos de Champions. O puede que sea por las facilidades que ahora tenemos. No hace muchos años, apenas se podían ver un par de partidos de fútbol por semana. Dos o tres más si había copa o competiciones europeas. Ahora es diferente y se puede ver casi cualquier liga del mundo. Todos los encuentros, la información o las estadísticas las tenemos tan al alcance de la mano, como tantas veces soñamos, que ya no nos apetece verlos. Y cuando se está jugando unas semifinales de Champions yo estoy viendo en YouTube un vídeo con los goles de Ravanelli. Algunos tipos somos así, nos gusta más un bar oscuro con el cierre a medio bajar que el que está de moda y abarrotado. Nos atrae bastante menos una mujer codiciada que la que te puede dejar sin corazón, sin cartera y con una gran infección.

Estoy seguro de que por eso me seduce Gameseven.es. Porque es ese bar que acaban de abrir unos amigos, y a mí me gustan los locales vacíos que todavía huelen a pintura e ilusión. Cuando los camareros roban dinero de sus casas sólo para que la caja registradora del bar no esté vacía. Es en esos locales donde me siento a gusto, en familia. Y más todavía, porque sé que dentro de un tiempo es probable que sea uno de esos lugares abarrotados, donde ya nadie te conoce y hay que hacer cola para entrar. Y en los que un tipo como yo sólo puede acudir para que el portero le prohíba la entrada.

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