Harry Giles, caer y levantar por tercera vez

Ha pasado cerca de un lustro desde que a Harry Lee Giles III se le describiera y nominara como el jugador más prometedor del baloncesto americano. Ahora, cinco año después y con tres operaciones en su rodilla, el pívot de Sacramento Kings busca su lugar en la NBA, aunque sin el brillo que sus condiciones demostraron un día.

Harry Giles fue seleccionado en la elección número 20 del draft de la NBA de 2017, pero esta será su campaña de novato con los Kings, porque pasó su primer año (el pasado) como jugador NBA recuperándose de su última operación y de los efectos causados en su cuerpo las intervenciones en sus rodillas. Fue en la Universidad de Duke, donde solo disputó una temporada como Blue Devil, donde Giles pasó por tercera ocasión por el amargo trance del bisturí. Después de ese año en la NCAA, se declaró elegible para la NBA. La elección número 20 pertenecía a Portland Trail Blazers, pero en su recuerdo otra estrella cuya carrera NBA se vio truncada muy pronto, los malditos cartílagos de las rodillas de Brandon Roy, que aun elevan pesadillas en los bosques de Oregon.

Vlade Divac, como General Manager de los Kings, aceptó la oferta de los Blazers; cambiar su elección 10 por la número 15 y la 20. De esa manera, el destino de Harry Giles y el de Justin Jackson cambiarían, dejando Oregon por California, mientras que Zach Collins hizo el viaje inverso a Rip City.

La búsqueda del próximo líder del planeta baloncesto basa las elecciones de las 30 franquicias NBA en cada draft. Seleccionan jugadores a partir de esa visión de quiénes serán en el futuro: tiro, liderazgo, defensa, físico, mil y una estadísticas y entrenamientos privados con el objetivo de acertar, esperando que un imberbe novato de 18 años eleve el nivel de una franquicia. La esperanza con la elección de Giles fue todo lo contrario, elegirle para que demostrara el jugador que alguna vez fue. En una de las generaciones con mayor talento de los últimos años, Giles fue el prospecto número uno en la época de instituto, por encima de Jayson Tatum, Markelle Fultz o Josh Jackson entre otros, que aspiraban al trono de Giles.

Con 20 años, además de su cuerpo, su mente ha sufrido los efectos de que el mundo le señalara como el mejor joven del planeta, ha soportado a gente diciendo que a su edad su carrera está acabada (antes incluso de comenzar en el profesionalismo) y que nunca volverá ser el mismo. A día de hoy lucha por encontrar su estabilidad emocional y alcanzar una madurez, que a esa edad es complicado hallar. Madurar para demostrar que sus manos no se han enfriado tras su poca actividad en la competición en sus últimos 3 años.

Debajo de la cicatriz de su rodilla derecha, producto de su segunda visita al quirófano, se encuentra un tatuaje, una cabeza de león adornada por un par de versículos de la Biblia.Porque esta es la voluntad de Dios: que haciendo bien, hagáis callar la ignorancia de los hombres insensatos; como libres, pero no como los que tienen la libertad como pretexto para hacer lo malo, sino como siervos de Dios”. Su fe se ha mantenido intacta, y en la oración ha encontrado la paz de su mente; una mente castigada con cientos de mensajes de adulación desde muy temprana edad.

La primera lesión de rodilla de Giles ocurrió en el verano anterior a su segundo año como estudiante de la Academia Cristiana Wesley en Carolina del Norte. Por aquel entonces, sus actuaciones de primer año de High School habían despertado el interés de universidades poderosas, como la de Duke. En ese momento, Jeff Capel III era el principal reclutador de los Blue Devils. Cuando era joven, Capel había visto a su padre, Jeff Capel Jr., reclutar a estudiantes de secundaria en las universidades donde entrenaba. Uno de los recuerdos favoritos del joven Capel era escuchar a su padre alardear de un joven jugador que había visto en la preparatoria Mauldin en Carolina del Sur. “Acabo de ver el futuro del baloncesto”, dijo Capel Jr. a su hijo, “y su nombre es Kevin Garnett”.

En el viaje en coche a casa después de ver a Giles jugar por primera vez, Capel III llamó a su padre. “Acabo de ver el futuro del baloncesto”, dijo, “y su nombre es Harry Giles”. Luego llamó al entrenador de Duke, Mike Krzyzewski, y le dijo que era hora de comenzar a atar el futuro de Duke con Harry Giles. Pocos meses después de su primer año, Giles visitó el campus para un partido frente a Miami y llegó a casa con una oferta de beca. El propio Capel lo sigue confirmando por sí había dudas, “el mejor jugador de secundaria que he visto en persona fue Harry Giles”.

Era verano, el del 2013, cuando la selección sub-16 de Estados Unidos jugaba el FIBA América en Uruguay, Giles comenzó a dominar ambos lados del juego, aprovechando su físico, altura y velocidad. En un momento del encuentro, un oponente argentino le empujó y la rodilla de Giles se quedó clavada en la cancha uruguaya: el resultado fue la temida triada, desgarros en los ligamentos y el menisco. Unos días después, cuando reposaba la inflamación de su maltrecha rodilla en su casa de Carolina del Norte, recibió la noticia de que su amiga, Celeste Burgess, había muerto en un accidente automovilístico en Alabama. El dolor emocional agravó su dolor físico, pero la noticia también puso en perspectiva lo que estaba experimentando. “Lo que me había pasó fue horrible, pero no fue lo peor del mundo. Ella (Celeste Burgess) también era jugadora de baloncesto, y sabía que tenía que regresar a las canchas y jugar por y para ella”.

No jugó en todo su segundo año en la escuela secundaria. En cambio, pasó las mañanas levantándose a las 5 de la mañana y trabajando en la piscina con su entrenador, Kenneth Bates. Las tardes las dedicó a ir reconstruyendo la fuerza en el tren inferior de su cuerpo y haciendo yoga con su entrenador de secundaria, Keith Gatlin. Su tercera temporada de High School comenzó como si nada hubiera pasado, su instinto permaneció intacto, su habilidad para rebotear y para ver la mejor opción de pase se acrecentó en ese año parado, y volvió a subir como uno de los preferidos para el reclutamiento de las Universidades, a pesar de que alguna mostró su rechazo debido a la fama, lógica por otro lado, de las operaciones de rodilla en los hombres que rondan los siete pies de alto.

Para su temporada de último año de instituto, dejó su escuela y su casa para prepararse en la prestigiosa Academia Oak Hill en Virginia. En el primer partido, transcurridos dos minutos tras el descanso, volvió a suceder la peor noticia, el ‘plant, push & pop‘ volvió a sonar en su rodilla. Esta vez la derecha, una nueva rotura del ligamento cruzado. Dos operaciones, una en cada rodilla en su último año antes de entrar en la Universidad. Duke, a pesar de todo, mantuvo su interés y motivó a Giles a volver sano y fuerte con los Blue Devils. El círculo que se formó alrededor del ‘mejor jugador de high school del planeta’ se desvanecía, los intereses comenzaron a disminuir, la gente comenzó a darle la espalda, alejado de la fama y con una rodilla por reconstruir. De nuevo un caso a su alrededor sirvió para dar alas a Harry, su amigo y ex-compañero Kedrick Flomo fue operado en su corazón; una cardiopatía detectada en un control rutinario le salvó la vida, pero le dejó sin jugar al baloncesto el resto de la misma. “El día en que mi carrera se detuvo para siempre, Harry solo se detuvo”, dice Flomo. “Hablamos mucho sobre eso. Y cuando lo veo en la cancha ahora, siento que estoy afuera. Siento que estoy jugando a través de él”.

Su único año en Duke no fue muy productivo; en una de las mejores universidades de la NCAA tenía difícil entrar en juego, las previsiones de Krzyzewski le situaban como parte de la segunda unidad. Pero el infortunio volvió a cebarse con Giles en la pretemporada de los Blue Devils, cuando en un entrenamiento, mientras se ejercitaba en una práctica de agilidad, volvió a sentir un pinchazo en su rodilla izquierda, la de su primera grave lesión, y los médicos decidieron intervenir con una cirugía artroscópica para limpiar su articulación. Después de perderse los primeros 11 partidos, se convirtió en un jugador habitual en la rotación de Duke, pero nunca en una fuerza dominante. Promedió solo 4 puntos y 3,8 rebotes en poco más de 11 minutos de juego.

Ahora, más de un año después de ser drafteado, finalmente tiene la oportunidad. Los Kings le recomendaron, antes de seleccionarlo, que permaneciera fuera de la temporada para trabajar, sanar sus heridas, y adaptar su físico y ritmo en los entrenamientos con sus jóvenes compañeros de Sacramento. El ejemplo de Duke caló hondo en el devenir de Giles, y esta vez decidió ser paciente, ser maduro, optar por un año de transición para volver con más fuerza, volver a ser chaval de 16 años que maravilló al baloncesto. Los Kings lo metieron en todas las dinámicas del equipo, siendo uno más, salvo para pisar la cancha en día de partido; viajaba en las giras con el equipo, entrenaba con sus compañeros, se aprendía las jugadas del equipo y, además, fuera de los entrenamientos del equipo tenía sus horas de rehabilitación para restablecer el equilibrio y la fuerza de sus maltrechas rodillas.

En su entorno, también se busca la igualdad emocional: su madre vive en su casa de Sacramento para ayudarlo a acostumbrarse a las responsabilidades de la edad adulta y goza, de momento, de una ‘invisibilidad baloncestística’ que le hace ser un tipo que sale de casa casi con total normalidad. Prueba de ello es que cuando el pasado verano acudió junto a su amigo Jayson Tatum y su ahora compañero y número 2 del draft 2018, Marvin Bagley III a la Drew League de Los Ángeles, el ‘speaker’ presentó a sus dos compañeros como jugadores de la NBA, pero a él le dejaron fuera de esa presentación: así es la fama.

Durante la pretemporada de los Kings, Giles pareció recuperado, como un rookie dispuesto a robar minutos con su impacto y juego. Promedió 13,3 puntos y 5,7 rebotes en 22 minutos por encuentro. Al comienzo de la temporada regular, sus números han bajado drásticamente, al igual que sus minutos de juego, pero tener un lugar en una plantilla profesional y competitiva es una tarea de fondo y resistencia, cada vez que sus pies se ponen dentro de la cancha, es un paso positivo para su evolución.

Después de todo lo que ha soportado, sabe que no hay garantías de que vuelva a parecerse a su ‘yo’ de hace cinco años, pero ahora juega con la libertad del estudiante de primer año de secundaria, el juego, el baloncesto, su vida. Como el propio Harry define su futuro, “para ser honesto, no sé si alguna vez seré el jugador que fui antes. Seré diferente. Pero no dejaré de trabajar hasta que sea mejor de lo que nunca iba a ser”.

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