Lágrimas de mármol

El baloncesto femenino arrastraba una corriente social totalmente injusta, una que denostaba la labor de todas aquellas jugadoras que se partían la cara en el parqué. Definían al juego femenino de precario, aburrido e incluso carente de emoción. Con todo ese peso en las espaldas de una organización en pañales, una guerrera nacida en las trincheras del deporte, una diosa sin altar ni fieles salió de las catacumbas del baloncesto universitario para elevar a categoría de arte el basket femenino. Esa es Taurasi, la niña de los sueños de papel.

Diana Lurena Taurasi nació el 11 de junio de 1982 en Chino, una ciudad del Condado de San Bernardino, ubicada en el estado de California. Fue la segunda y última hija del matrimonio entre Lily y Mario, que ya habían concebido tiempo atrás a Jessika, hermana mayor de Diana. Taurasi se crió desde muy pequeña en un hogar multicultural, sencillo y educado. Hablaba castellano, ya que su madre es argentina, e italiano gracias a su padre, nacido en Taurasi, un municipio de la provincia de Avellino. La historia de este matrimonio tiene su intríngulis. Mario, siendo muy joven, emigró a Argentina desde Italia, donde conoció a Lily, antes de poner rumbo a los Estados Unidos, emplazamiento elegido para desarrollar su vida familiar.

Desde bien pequeñas, las dos hermanas recibieron unos valores muy concretos. Felicidad, lealtad y, en la medida de lo posible, puntualidad. No resultó fácil hacer ver a Diana que su condición física, una que a menudo convertía su estatura en la más elevada de su clase, no era ningún trauma. Todo lo contrario, que podría usar esa ventaja biológica más adelante, cuando quisiera practicar algún deporte.

Sus imponentes capacidades atléticas no le habían llegado por pura casuística, su padre había sido portero de fútbol profesional. Embaucada, como tantos niños y niñas antes, quiso seguir los pasos de Earvin Johnson. No sólo captó la esencia del verso libre de Magic, esa sinfonía solitaria que acaba llevando a toda la orquesta a la sublimación, sino que además le añadió una ética de trabajo mayúscula. Sin ser una gran anotadora, en sus inicios dominaba el juego gracias a su capacidad de defender a todo tipo de jugadoras y a un exquisito manejo de balón.

Hasta llegar a sexto grado, Diana sólo había tenido contacto con el baloncesto en las canchas callejeras de su barrio, donde se pasaba las horas puliendo sus defectos tácticos y técnicos. Sin embargo, un día llamó la atención de Lou Zylstra, técnico de la Amateur Athletic Union (AAU), y le pidió que entrenase con ellos, quedando muy impresionados.

Cuando dio el salto a la educación secundaria, de la mano del Don Antonio Lugo High School, situado en su Chino natal, su potencial se vio multiplicado. Su última temporada, la sénior, fue un escándalo. Promedió 28.8 puntos, 12.9 rebotes y 4.2 asistencias, ayudando a su instituto, normalmente sin opciones de ganar nada, a luchar por el título estatal en el año 2000. Tras aquella campaña, Diana recibió varios honores, entre ellos, ser la mejor jugadora del estado y lograr ser la quinta máxima anotadora histórica del mismo al terminar su etapa en Don Antonio (2.156 puntos).

Todo lo anterior había estado genial, había enseñado al mundo que su talento llegaría hasta donde ella quisiese, pero quedaba lo más importante, acertar en su elección de la universidad. Muchos programas universitarios trataron de fichar a Diana. Por cercanía, en casa esperaban que eligiera UCLA, legendaria escuela de baloncesto con un prestigio imposible de cuantificar. Pero entonces, el italiano Geno Auriemma, entrenador de la Universidad de Connecticut, puso en marcha su plan para hacerse con el joven talento californiano. El primero que cayó en sus redes fue su vecino Mario, engatusado con todo tipo de palabrería. Además, una gran selección de vinos ayudó a los Taurasi a aconsejar mejor a su hija, la cual acabó decidiéndose por los Huskies.

Primera temporada universitaria y el bueno de Auriemma no sabe cómo lidiar y aprovechar el talento de Diana. Tras un tiempo tratando de mejorar todos los aspectos de su juego a la vez, deciden, en común, centrar toda la atención en el juego defensivo de Taurasi. La fórmula funciona y Diana empieza a ser una defensora de gran nivel, mejorando por inercia el aspecto ofensivo de su libreto. La temporada 2000/2001 acaba con Uconn cayendo 90-75 ante Notre Dame en las semifinales de la Final Four, con Diana firmando 361 puntos en 33 partidos.

Con el grupo preparado para subir un peldaño más en la escalera del éxito, llegarían tres títulos universitarios consecutivos. El primero de ellos comandado por Diana y Sue Bird. En la 2001-02, las Huskies ganaron el título sin perder un solo encuentro en todo el curso, 39-0 de récord, marca que comparten con el equipo de Tennessee en 1988, incluyendo una trabajada victoria en la final ante Oklahoma (80-72). Taurasi se fue hasta los 14.6 puntos de promedio aquel año.

El draft de 2002 mandó a Sue Bird a Seattle, donde todavía sigue agrandando su leyenda. Con todo el peso del equipo en los hombros de Diana, Uconn no defraudó. Rodeada de grandes nombres como Jessica Moore, Maria Conlon, Ashley Battle, Ann Strother, Barbara Turner o Nicole Wolff, las Huskies enfilaron su segundo campeonato seguido. Diana siguió con su brillante ascenso, ganando por primera vez el Naismith Player Of The Year, convirtiéndose en la primera Huskie en alcanzar 2.000 puntos, 600 rebotes y 600 asistencias.

A pesar de perder su imbatibilidad ante Villanova tras 70 encuentros seguidos saldados con victoria, Uconn salió campeona de la Final Four de Atlanta tras derrotar con mucho sufrimiento a Texas en semifinales (71-69) y a Tennesseee en la gran final (73-68), firmando un récord de 36-1 nada desdeñable, lo que dejó a Diana en posición de sumar su segundo Naismith Player of the Year.

Ya en su último año en la Universidad, Uconn se hacía con el título por tercer año consecutivo derrotando, de nuevo, a Tennessee en la final (70-61). No se podía dejar mejor legado que el que dejó Diana en UConn, con la cabeza bien alta y las vitrinas llenas. Era lógico dibujar una trayectoria monstruosa en la WNBA para el mejor proyecto de jugadora jamás visto en los Estados Unidos.

Phoenix tendría la primera elección del draft y Diana sería la elegida para revertir la historia de una franquicia perdedora. De nuevo, más peso sobre unos hombros curtidos de tanto aguantar sueños y esperanzas. Las ganancias de las Mercury subieron un noventa por ciento y las visitas de la web un doscientos por cien. Algo grande estaba a punto de suceder en Phoenix. Antes de arrancar su etapa como profesional, Diana viajó con el equipo olímpico, con el que ganó el oro en Atenas, hito que ha repetido hasta en cuatro ocasiones, sumando el último entorchado en los Juegos de Río de Janeiro.

Diana tuvo un gran impacto en la WNBA. En su primer partido, una derrota por 72-66 ante las Sacramento Monarchs, anotó 22 puntos, repartió 3 asistencias, capturó 3 rebotes y puso 3 tapones. Inmersas en una clara fase de mejora, Penny Taylor y Taurasi dejaron a Phoenix con una marca de 17-17, mostrando que pronto llegarían a la cima. Lógicamente, fue nombrada rookie del año, además de incluida en el primer quinteto de la WNBA.

Su segundo año fue igual de impresionante. Diana se convirtió en la quinta jugadora en la historia de las Mercury en superar los 1.000 puntos y jugar el All-Star. Anotó al menos 20 puntos en 21 ocasiones aquella temporada. Pese a todo, Phoenix acabó peor que el curso anterior (16-18). La temporada siguiente tampoco alcanzarían los playoffs, pero la llegada de Paul Westhead a la franquicia abrió las puertas a la esperanza.

En 2007, el equipo ganó el anillo de campeón, derrotando a las Detroit Shock por 3-2. Aquella temporada regular acabaron con un bagaje de 23-11. Pese a que la gloria había llegado gracias a Taurasi, aquel MVP de las finales iría a parar a las manos de Cappie Pondexter.

Dos años después, en 2009, Phoenix volvía a las Finales tras una temporada previa donde se fracasó al no acceder ni siquiera a los playoffs. Esta vez Taurasi no falló ante Indiana (3-2) y se llevó el segundo anillo de su carrera y el primer MVP de las Finales. Hasta tres temporadas más estuvo a las puertas de una nueva final, pero Seattle y Minnesota en dos ocasiones, se lo impidieron. Al final, la perseverancia tuvo su recompensa, y en 2014 ante las Chicago Sky, una de las tres mejores jugadoras de todos los tiempos volvía a coronar el Olimpo. Anillo y MVP.

19 de junio de 2017. En el Staples se enfrentaban Sparks y Mercury, en un partido más que se tiñó de historia. Con el marcador muy favorable para las locales, Diana recibe el balón a siete metros del aro. Tras pedir un bloqueo en la cabecera y aprovechar la ventaja generada, avanza hacia canasta para dejar contra el metacrilato una bandeja histórica. La leyenda acababa de renacer.

Taurasi se acababa de convertir en la máxima anotadora de todos los tiempos en la WNBA. Había superado los 7.488 puntos de Tina Thompson, eso sí, con un centenar de partidos menos que la angelina, lo que encumbraba el récord mucho más.

Tres anillos, tres títulos universitarios, dos mundiales, cuatro oros olímpicos y seis Euroligas para una jugadora que cambió el baloncesto. Se convirtió en el fuego del conocimiento, ese que hizo salir al deporte femenino de la caverna donde, injustamente, había vivido durante tantos años. Una superdotada de técnica, garra y capacidad de sacrificio que aceptó abanderar la mejor generación de jugadoras jamás vista. Diana Taurasi, la gloria vestida de corto.

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