Lew Alcindor y el sentimiento de responsabilidad

Humo. Ruido. Disparos. Se respira miedo… “Mierda, soy muy alto. Soy negro. Joder, soy un blanco fácil. Tengo que huir. Las cosas se han puesto demasiado feas”. El cuerpo entero temblando. “Corre, Lew, corre. Tienes que llegar a casa, una bala perdida puede acabar con tu vida. Apenas tienes diecisiete años. Corre, Lew, vamos”.

La noche del 18 de julio de 1964, en el corazón de Harlem, se celebraba una manifestación pacífica organizada por el CORE (Congreso de Igualdad Racial), como protesta por la muerte, dos días antes, de James Powell, un joven negro de apenas quince años de edad, a manos del teniente Thomas Gilligan, un policía blanco que no se encontraba ese día de servicio. Los hechos sucedieron frente a un edificio de apartamentos en el Upper East Side de Manhattan; una bala del revólver del agente perforó el pecho del muchacho. Gilligan, en su defensa, aseguró que James lo atacó cuchillo en mano. Los transeúntes, sin embargo, afirmaron que el joven estaba desarmado.

La marcha no se desarrolló como los organizadores esperaban. Más allá de la reclamación por el asesinato de James, el recorrido se convirtió en una reivindicación contra la brutalidad policial. Exigiendo justicia para el fallecido, cientos de manifestantes rodearon el recinto de la Calle 123, amenazando algunos con destrozar el edificio ladrillo a ladrillo. Aquel suceso había sido la gota que colmaba un vaso repleto de décadas de discriminación racial y violencia policial. Piedras y botellas comenzaron a volar en dirección a los oficiales. Ocurrió lo esperado: de pronto, los agentes se precipitaron contra los manifestantes, reventando sus porras contra los cuerpos de estos. Así, el fuego de la violencia indenció Harlem en un instante.

Fueron seis días de disturbios. Harlem y Bedford-Stuyvesant ardiendo. Un fallecido, cientos de heridos y casi quinientos arrestos. Al término, Martin Luther King visitó la ciudad e invitó a los negros a manifestarse de forma pacífica. El joven Lew Alcindor, al igual que tantos y tantos jóvenes, se había impacientado. El camino de la no violencia no había cosechado los frutos esperados. ¿Era correcta la dirección del Movimiento por los Derechos Civiles? Cada vez que entrevistaba a algún ciudadano negro para el periódico Harlem Youth Action Project, Alcindor comprobaba el hastío por las escuelas segregadas, las viviendas en ruinas, la discriminación laboral o la violencia policial injustificada. Aquel levantamiento de Harlem prendió su ira contra la América Blanca y lo convenció definitivamente de que debía hacer algo. “Fue justo en ese momento. Supe quién era, supe quién tenía que ser. Iba a ser la ira negra en persona, el poder negro en carne y hueso”. El silencio dejó de ser una opción. En el futuro hablaría con su intelecto.

La conciencia social de Alcindor ya estaba presente. Se arraigó temprano debido al movimiento cultural impulsado por destacados artistas, escritores e intelectuales negros como Louis Armstrong o Langston Hughes. Harlem era un lugar muy importante para los estadounidenses negros. A principios del siglo XX era el único sitio donde podían demostrar realmente su valía. Al crecer en Harlem tuvo la oportunidad de ver y entender de qué se trataba el éxito. Ese mismo 1964 y también gracias a su trabajo en el periódico, pudo cubrir una conferencia de prensa de King, un hombre que le dejaría huella para el resto de su vida. “Sólo el hecho de tener ese contacto con él y darme cuenta de qué va todo, me motivó. Entendí que se trataba de mi comunidad”. Pero aquellos días despertaron una conciencia política mucho más profunda que le llevaría a tomar un mayor protagonismo durante los años posteriores. 1967 fue especialmente significativo…

Cuando Alcindor se unió al equipo de UCLA como estudiante de segundo año en la temporada 1966-67 ya era el jugador universitario más seguido del país. Las universidades que intentaron hacerse con sus servicios ascendían a cientos. Incluso los equipos sureños, aún segregacionistas, se mostraron dispuestos a romper la línea que separaba a los blancos de los negros. Portada de revistas como Sports Illustrated, Sport, Life, Time o Newsweek, los fotógrafos se lo rifaban. Aunque Alcindor perseguía la privacidad, su talento resultaba ser su mayor impedimento. Y, sin embargo, el mayor conflicto con respecto a esa búsqueda de intimidad no era otro que el deseo de ser más activo en el movimiento Black Power.

Su llegada a Westwood levantó unas expectativas sin precedentes. Incluso los rivales predijeron que los Bruins no perderían un solo partido con él. Así, la perfección era lo esperado. Inmediatamente aquellos vaticinios se tornaron en realidad. El pívot resultó ser una fuerza imparable a ambos lados de la cancha. Ágil, rápido, equilibrado. Sus habilidades eran únicas. No existía jugador que pudiera defenderlo. Los dobles y triples marcajes a los que era sometido tampoco fueron solución; su capacidad para el pase propiciaba canastas fáciles a sus compañeros de equipo. El juego subterráneo brotaría entonces de sus oponentes. Codazos, golpes, empujones… También en la cabeza debió ser el mejor. Mantener la calma y no explotar. Ese era su mayor mérito.

Los pupilos de John Wooden firmaron un impoluto 30-0 y se alzaron con el tercer campeonato nacional en cuatro años. Lew se iría hasta los 29 puntos y 15.5 rebotes de media ese curso. Las quejas llegaron por parte de entrenadores rivales: “Es demasiado bueno”. El Saturday Evening Post lanzaría una pregunta que estaba en la mente de muchos: “¿Puede el baloncesto sobrevivir a Lew Alcindor?” De este modo, la propia competición se vería presionada y en el deber (¿?) de actuar.

Después de que UCLA derrotara a Dayton por 79-64, en un duelo en el que Alcindor firmaría 20 puntos y 18 rebotes, la NCAA prohibió el mate. El comité argumentó que demasiados jugadores se lesionaron realizando la jugada o tratando de taponar a otros que atacaban la canasta. Y agregaron: “no hay defensa contra el mate, lo que altera el equilibrio entre el ataque y la defensa”. Los técnicos apoyaron la propuesta, añadiendo que existía un peligro para los jugadores que rompían tableros o doblaban aros. Los críticos llamarían a la nueva norma “Regla Alcindor”. “La nueva regla del ‘no mate’ huele un poco a discriminación. La mayoría de personas que realizan la acción son atletas negros”, apuntaba el principal señalado.

Sus palabras tenían sentido. Durante la década de 1960 los baloncestistas negros se hicieron más visibles en los equipos universitarios. Por entonces el juego reflejaba la estructura de poder en los Estados Unidos. Esto es, una institución blanca controlada principalmente por hombres blancos: entrenadores, directores deportivos, administradores… La creciente presencia de jugadores negros no únicamente amenazaba el lugar de los jugadores blancos, sino que además influyeron en el propio deporte. Los entrenadores se decantaron por un estilo de juego menos flexible, donde la improvisación casi no tenía cabida. Sin embargo, el impacto de los jugadores negros era cada vez mayor, tanto dentro como fuera de la pista. Y el mate se convirtió en una expresión de fuerza, de libertad. Casi era un acto de desafío.

Pero la realidad es que el equilibrio no era alterado por una jugada en concreto, sino por un individuo en particular. Ni siquiera esta prohibición evitaría que Alcindor dominase su deporte. Por el contrario, esto lo haría aún mejor. Su arsenal ofensivo aumentaría y con él el desarrollo de su jugada más característica: en indefendible ‘Skyhook’. Este movimiento se convirtió en una expresión de empoderamiento e individualidad que reflejaba su inteligencia y creatividad. Una y otra vez Alcindor giró sobre su cuerpo, orientándose hacia la canasta, extendió su brazo e hizo rodar el balón sobre sus dedos. Sus brazos, extendidos, eran inalcanzables para cualquier oponente. Como escribió una vez Gary Smith en Sports Illustrated: “De todas las armas en los deportes, ninguna ha sido más fiable o imparable, menos vulnerable al tiempo, que ese pequeño paso, giro, salto y lanzamiento muy por encima de su cabeza”.

A pesar de sus logros, Alcindor tenía algo muy claro. El mundo blanco no iba a definirlo como un jugador de baloncesto o como hombre. Él no era simplemente un negro. Era un negro orgulloso. Y, a medida que se hacía más consciente de sí mismo, se fue identificando con los atletas negros más exitosos y sinceros de los Estados Unidos. Como referentes, Bill Russell, Muhammad Ali o Jim Brown. De ellos admiraba su activismo político y su valentía para hacer frente a la supremacía blanca.

En junio de 1967, Brown invitó a Alcindor, Russell y a otros seis atletas profesionales negros a reunirse con Ali en Cleveland. El boxeador recientemente había sido despojado de su título de campeón del mundo del peso pesado por negarse a ser reclutado por el ejército. La asamblea tendría lugar en la sede de la Black Industrial Economic Union, organización fundada por Brown. Allí determinarían si apoyarían la protesta del campeón contra la Guerra del Vietnam. En la habitación, veteranos militares que no estaban de acuerdo con la posición de Ali y que querían entender por qué se oponía a luchar por su país. Muhammad los convenció a todos, explicando que se negaba a participar en lo que consideraba una guerra imperialista y racista. “Estar en la conferencia y escuchar los argumentos de Ali respecto a sus creencias morales y su determinación a sufrir por ellos si era necesario vitalizó aún más mi propio compromiso de involucrarme más políticamente”.

Aquella cumbre fue un punto de inflexión importante en la vida de Alcindor y en la reivindicación de los atletas negros. Fue una demostración de solidaridad y la primera vez que atletas de varios deportes se unían por una sola causa. La impresión que Ali, Russell y Brown causaron en Alcindor fue también inspiración. Compartir focos, siendo el único deportista universitario, significaba una gran responsabilidad que iba más allá de lo que hacía. Un compromiso trascendental que no sería entendido por todos. Ali le había marcado para siempre, como expresó en una charla ofrecida en 2017: “Conocerle me facilitó seguir sus pasos y entender el significado de la palabra integridad. Aquello le costó prestigio y dinero, pero los estadounidenses negros lo amaban y entendían dónde estaba su corazón. Fue una inspiración para todos”.

John Wooden, aparte de coach de Lew, era un veterano de la Marina. Como no podía ser de otro modo, el entrenador conservador haría gala de una lealtad hacia su país implacable. Se opuso a las manifestaciones contra la guerra, creyendo que dichas protestas socavaron los esfuerzos militares en Vietnam y se mostró disconforme con la posición pacifista de Ali. Se dirigió a su pupilo y le expuso que luchar por su país no era una obligación, sino un privilegio. “¿No ves que están dañando al país?” Pero Alcindor se mantuvo firme, oponiéndose también al conflicto bélico. Como Ali, se inspiró en Malcolm X, pese a no encontrarse nunca con él. Su autobiografía resultó ser el libro que más influencia tuvo en su vida. En las páginas de aquel manuscrito descubrió un modelo de autodeterminación, un arquetipo del Black Power. El mensaje de líder musulmán condicionó su identidad fuera del baloncesto.

Lew Alcindor pertenecía a una generación de atletas universitarios negros que creían tener la obligación de contribuir al movimiento por la libertad más allá de sus logros deportivos. La legislación de derechos civiles no había acabado con la lacra del racismo en su país y sus éxitos en el deporte poco habían hecho para cambiar las condiciones de la América Negra. En el pasado, los anteriores universitarios negros fueron controlados, prohibiendo o desalentando su participación en movimientos políticos. Pero en 1967, Alcindor, Tommie Smith, John Carlos y otros muchos cuestionaron los ideales de integración y el valor de la participación olímpica.

Los Ángeles, Día de Acción de Gracias. Harry Edwards, profesor de la Universidad Estatal de San José, organiza un taller sobre el Proyecto Olímpico de los Derechos Humanos. En él propone un movimiento de boicot que sirva de protesta contra el racismo en Estados Unidos y apartheid en el extranjero. Además, argumenta que el establishment deportivo, con la participación del Comité Olímpico de su país, había explotado a los atletas negros como símbolos de democracia mientras las masas negras eran vistas como ciudadanía de segunda categoría, e instó a los atletas negros con poder real a desafiar colectivamente en status quo.

Durante aquella reunión, Alcindor expresó su apoyo al boicot de los Juegos de Ciudad de México. De pie, frente a unas doscientas personas, dijo: “Todos me conocen. Soy la gran estrella del baloncesto, el héroe del fin de semana. Pero en las calles de Harlem solo era otro hombre negro que fácilmente podía convertirse en una víctima de la brutalidad policial. No quiero ser otro Cassius Clay, quien regresó a su hogar, en Louisville, con una medalla de oro al cuello, pero al que le negaron el servicio en el comedor. En algún lugar, cada uno de nosotros debe tomar una posición respecto a este tipo de cosas. Mi posición es esta”. Su poderoso discurso provocó una atronadora ovación. Al finalizar el acto, Edwards afirmó a la prensa que los atletas negros que asistieron votaron unánimemente boicotear los Juegos Olímpicos. Pero al día siguiente, cuando fue presionado, Alcindor matizó: “Todos estuvimos de acuerdo en que el boicot es una buena idea, pero yo aún no me decidí”.

De pronto, Alcindor era el foco de la controversia. Los medios lo tildaron de antipatriótico. Muchos sugirieron que, si no jugaba para el equipo olímpico, UCLA debería revocar su beca. La mayor parte de los estadounidenses blancos se opusieron al boicot, creyendo que en los deportes primaban los méritos y no existía racismo. Pero sus objeciones también ponían en relieve la incomodidad de los asertivos atletas negros que desafiaron la estructura de poder de los deportes estadounidenses, una cultura que valoraba a los cuerpos negros y no a las mentes negras. En una columna del New York Times, el periodista Arthur Daley no podía imaginarse a Alcindor pensando por sí solo y sugirió que Edwards estaba aprovechándose de la fama de la estrella para su propio beneficio.

Pero Alcindor era un hombre hecho a sí mismo. Su posición emanaba de una profunda historia de activismo afroamericano y del creciente movimiento Black Power. Su experiencia en Harlem, su identificación con Malcolm X y su conexión con Alí o Russell había cambiado su prisma sobre el problema, su patriotismo y los deportes. Se preguntaba cómo podía permanecer en silencio mientras existiese pobreza, brutalidad policial o prejuicios respecto a la comunidad negra. Y en su cabeza un interrogante: ¿Cómo podría representar a los Estados Unidos cuando se daba un momento de enfrentamiento entre racistas intolerantes y los suyos? Si Estados Unidos no le amaba, él difícilmente podría amar a los Estados Unidos.

La decisión estaba tomada. No jugaría para los Estados Unidos. Pese a que el movimiento de boicot no obtuvo el apoyo esperado, él y sus compañeros de UCLA, Mike Warren y Lucius Allen se negarían a asistir a las pruebas olímpicas. Su explicación, sin embargo, no resultó tan clara como se esperaba de un líder del Black Power: si participaba se perdería clases y se demoraría su graduación. “Mis compañeros y yo no queremos quedar atrapados en medio de nada”, confesaría a un periodista de la revista Life. En realidad, existían principios, pero discutirlos públicamente solo le había traído más estrés.

Llegado el verano de 1968, Alcindor trabajaría para Operation Sports Rescue, un programa juvenil de la ciudad de Nueva York. En diversos clínics fue guía de chicos afroamericanos y puertorriqueños, alentándolos a formarse dentro del sistema educativo. En julio fue invitado al programa Today de la NBC para promocionar el proyecto. Joe Garagiola, copresentador, comenzó la entrevista preguntando a Lew sobre sus motivos para no formar parte del equipo olímpico estadounidense. “Sí, vivo aquí, pero no es realmente mi país”. La réplica de Garagiola fue instantánea: “Bueno, entonces hay una solución. Tal vez deberías marcharte”. En la boca de Garagiola el pensamiento de una gran parte de la población del país. Claro que, en su declaración, Alcindor había hecho referencia a una frase muy famosa de Malcolm X: “Nacer en Estados Unidos no te convierte en estadounidense. Si los negros fuesen estadounidenses, entonces no necesitarían legislación de derechos civiles ni enmiendas constitucionales para su protección”. El jugador expuso que, si bien era un afortunado por sus habilidades como baloncestista, no podría celebrar su privilegiado estatus mientras persistiera la desigualdad racial. “Solo cuando los ciudadanos negros disfruten de la verdadera libertad, yo podré llamar a Estados Unidos mi país”.

Tenemos en la mente el gesto de John Carlos y Tommie Smith en el podio, puño en alto cubierto por un guante negro, pero Alcindor es recordado como el atleta más famoso que evitaría los Juegos Olímpicos. Más que cualquier otro deportista dejó su huella, demostrando que los negros podían expresas sus opiniones y ganar. Nadie podría decirles lo que debían o no hacer. Y, a diferencia de lo ocurrido con Smith y Carlos (quienes sufrieron las consecuencias de su acto, recibiendo amenazas de muerte y siendo despreciados e ignorados por el establishment deportivo americano a su regreso), Alcindor siempre pudo mantenerse firme y mostrarse claro respecto a sus ideales.

En 1971, Lew Alcindor se declararía públicamente musulmán, cambiando su nombre por el de Kareem Abdul-Jabbar. Aquella decisión pudo condicionarle económicamente y le llevó a ser hostigado por el IRS (Servicio de Impuestos Internos) por orden del presidente Nixon, pero jamás se arrepintió. “Sé que me ha costado. Pero lo más importante es poder poseer una identidad que esté en armonía con quien soy. Se trata de mi ascendencia y se trata de mi sentimiento moral y político. Eso es lo importante. Es una de las cosas buenas de la vida en este país. Todos podemos definirnos a nosotros mismos y tenemos la libertad de decir lo que pensamos y de buscar las cosas que nos hacen sentirnos completos y ser útiles”.

Aún hoy, muchos años después de su retirada, Kareem Abdul-Jabbar sigue siendo una voz líder en la intersección entre el deporte y la política. Sus esfuerzos como activista, escritor y mentor le valieron la Medalla Presidencial de la Libertad. “No obtienes esa medalla solo por las canastas. Nadie se sorprendió más que yo cuando recibí la llamada de la Casa Blanca. Me sentí muy orgulloso. Fue lo más grande ser reconocido por lo que he tratado de hacer con mi vida”. Preguntado recientemente sobre las protestas hacia el himno nacional impulsadas por el ex quarterback de los San Francisco 49ers, Colin Kaepernick, Kareem lamentó que gran parte de la discusión al respecto no enfoquen en punto clave: “La gente está más centrada en el acto que en el asunto que es importante para Colin y otros deportistas profesionales y estadounidenses negros. Lamentablemente los negros son demasiado propensos a ser fusilados sin ninguna razón. Tiene que llegar ese cambio”.

“Tenemos trabajo por hacer”.

 

* Especial agradecimiento a Johnny Smith.

Sobre Jacobo Correa 23 Artículos
Tenerife. Me escuchas en PDR y me lees también en Skyhook Magazine y Sphera Sports.

Sé el primero en comentar

Dejar una contestacion

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.


*