Liz Cambage against the World

Primeros minutos de la final del Mundial de Baloncesto Femenino que se celebra en Tenerife. Estados Unidos arranca mejor. No es noticia. En realidad, lo esperado es que dominen el duelo de principio a fin. Así que podemos decir que el guion se desarrolla según lo previsto. No es eso lo que me descoloca. Me llama la atención lo que llega de la grada. Cada vez que Liz Cambage entra en contacto con el balón recibe abucheos. Lanza, falla, celebración. Le pitan una falta, celebración. Pierde un rebote, celebración. Es ridículo. E injustificable. Porque no, no me valen los rencores, los “se lo buscó”.

Entiendo el dolor, eso por descontado. Las esperanzas de poder vivir una final de un Campeonato del Mundo, la ilusión de medirse ante las diosas de este deporte. Aunque precisamente es deporte lo vivido cada día. También ese en el que pierdes. Y pierdes porque el rival ha sido mejor que tú.

España y Australia se enfrentaron el sábado. El Santiago Martín hasta la bandera y veinticuatro jugadoras en una misión. Doce que eran doce y doce que eran más. Porque cuando la Hamburguesa ruge se juega con seis, o con siete. Palabras del seleccionador español el viernes tras derrotar a Canadá. Delante estaba Goliat encarnado en una opal de más de dos metros y casi cien kilos de peso. El ogro, el último desafío previo a las puertas del cielo.

Igual es que nos hemos malacostumbrado. Gran parte de los medios (muchos de referencia y con un eco considerable) daban casi por seguro que las nuestras tenían reserva para el baile final. Entrevistas en radio, antes de Canadá, en las que se hablaba de un premio que era jugar ante Estados Unidos. Portales que nos veían un poco por encima de aquellas que vinieron de las antípodas. Y así, una atmósfera de confianza nociva, un espejismo tan hermoso como contradictorio.

Pero Australia no quería ser actor secundario. Jamás aceptaría tal contrato. Las de Mondelo sabían que la clave era minimizar el impacto de Elizabeth Cambage, la jugadora más determinante del torneo. Así, la australiana recibió un trato especial por parte de la defensa local. Apuesto a que en la televisión no se veía ni la mitad del juego subterráneo, del régimen al que fue sometida. A mi cabeza el pensamiento recurrente de si los más fuertes, por el mero hecho de serlo, deben soportar más golpes, más rudeza. Hay un reglamento que es igual para todo el que practica este deporte. Y da igual que te llames Sue Bird o Liz Cambage, que seas Marta Xargay o Emma Meesseman. Extrapolando, y para que se entienda mejor el símil, no por ser Shaquille O’Neal o LeBron James debes aguantar más, como si ser más corpulento incluyese una cláusula en el contrato que te obliga a quejarte menos, a tolerar más. Ser poderoso, o poderosa en este caso, como pena y no virtud. La delicadeza como verdadero camino a la aceptación. Ya basta.

Llegado el momento, Cambage se mantuvo firme. Y se rebeló contra lo que ella consideraba un agravio. El público se le echó encima. Mirando al luminoso, la diferencia de faltas entre equipos era llamativa. Hasta diez veces la pívot fue objeto de personal. Ndour y Nicholls eran eliminadas antes de tiempo. Bueno, antes del final del partido, que no es lo mismo. Repaso las faltas que le señalan a Cambage y al menos una llega por flopping de las nuestras. Otra es producto de una técnica tras protestar. Me suena. Es lo que tiene ser grande y decir basta.

Cualquiera que haya visto a Cambage antes sabe que es una jugadora que siempre gesticula. Así se motiva, como hacen otras grandes. Las circunstancias transforman. ¿O acaso Taurasi es la misma dentro y fuera de la pista? Primero es un animal. Luego, todo amor. Y así debe ser. Es competición. Existe un objetivo. La gente se le echa encima y ella responde con aspavientos. Evidentemente, no son bonitos. Pero en su mente, ganar. El incendio se alimenta de esa reciprocidad y los espectadores elevan el listón. Yo, por otra parte, me pregunto si es buena idea; no sé hasta qué punto es inteligente increpar a la estrella del contrario. Correr el riesgo de avivar su fuego quizá no sea la mejor jugada. Con todo, es aceptable. El encuentro avanza y las provocaciones por ambas partes van a más. El Santiago Martín es una olla a presión. Cambage se sobrepone y firma un último cuarto demoledor: once puntos, seis rebotes y tres tapones. Se lleva la mano a su oreja. Va ganando. Va a ganar. ¡Qué tía más insoportable! Bueno, ya quisiera yo una así en mi bando.

Concluye el partido y la bestia se vuelve mortal. Afloran los sentimientos. Toca con su mano el pecho dándose importancia y, acto seguido, se le escapa alguna lágrima. Acaricia su corazón y saluda. Se acerca a la grada y, pese a que los organizadores le advierten de que debe recoger su premio como mejor jugadora del partido, se entretiene fotografiándose con varias personas de las primeras filas. La reclaman y a regañadientes la conducen al centro de la pista. La pitada es ensordecedora. No alcanza mi memoria a evocar un recuerdo así. No en este escenario. El aficionado al baloncesto no suele ser así. Siento tristeza y lo manifiesto en un tweet. Algunas respuestas me sorprenden. “Lo tiene merecido”, valoran algunos. No estoy de acuerdo. Ha terminado todo. Y ella así lo entiende. Su lenguaje corporal indica liberación, pero también cierta tristeza. Desde el instante en el que sonó la bocina buscó la paz. Entendió que la batalla había concluido y que no cabía más pelea. Sin embargo, no hubo perdón. Jamás lo habría.

En rueda de prensa la gigante insiste. Se explica y nada de lo que cuenta parece inventado. No digo que se arrepienta, pero sí que es consciente de lo ocurrido. Agua al fuego. Mondelo, por el contrario, gasolina. Dice que no piensa hablar de los árbitros, pero asegura que la derrota llega por razones obvias. Yo podría pensar que la insistencia en buscar la quinta de la australiana ha sido un error, pero claramente él se refiere a la diferencia en faltas señaladas a ambos bandos. Puntos de vista, supongo.

Y volvemos al domingo, a esa final. Estoy habituado a que cuando el público local no tiene ante sí a su equipo, vaya con el más débil. Claro que también me pasa que acostumbro a ver otros perfiles en los aficionados al baloncesto. A esos que lo viven siempre. La buena marcha del conjunto de la tierra o un evento de relieve atrae a más gente y eso es positivo. Pero los tics importados de otros deportes ya no lo son tanto. Quienes visten las gradas se embarcan en una cruzada anti-Cambage. Y, por primera vez en el Mundial, parece sobrepasada. La batería y calidad de las interiores americanas es suficiente contrapunto como para minimizar a Liz, pero tener además al mundo en contra desnivela la balanza en la pintura. Las cosas no le salen y cada vez parece más frustrada. La muchedumbre celebra. Algunos giramos la cabeza y nos avergonzamos.

Es curioso. Durante una semana Liz Cambage fue la chica de todos. El reclamo absoluto, la jugadora más buscada. Por su simpatía, por su buenísima predisposición. Las historias de su Instagram eran fiel reflejo de esa comunión entre la gente y ella. Se la veía cómoda. Se detenía en sus paseos para saludar, para posar en un selfie o simplemente para acariciar a unos perros. Era la heroína de masas. Cuarenta minutos bastaron para que se convirtiera en la mayor de las villanas. Cuarenta minutos y el dudoso sentido común de quienes hasta ese instante la adoraban. Del amor al odio hay un paso, dicen. Lo preocupante es querer dar ese paso.

Siempre hablamos de los valores del deporte. Pero el deporte no va por ahí. El ojo por ojo (si es que se trata de eso) no tiene cabida. Quien así lo crea no tiene ni puta idea del asunto.

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