Los años dorados en Utah

Pasearse por el Vivint Smart Home Arena de Salt Lake City en los días que corren es un acto de flagelación. Nada es lo que era. Sólo queda el recuerdo de dos décadas de noches irrepetibles y sendas estatuas a la entrada del pabellón de los hombres que hicieron historia y llevaron al equipo mormón a cotas jamás soñadas. John Stockton Karl Malone.

Durante la segunda mitad de la década de los ochenta, comenzó el reinado de la extraña pareja, que duraría más de tres lustros, pero antes de hablar de esta mágica dupla hay que poner en contexto el devenir de la franquicia en los primeros años de este período.

A principios de la década, los Jazz eran una franquicia perdedora que se hundía, temporada tras temporada, en el fondo de la Conferencia Oeste. En esos momentos, el juego del equipo se centraba en la capacidad anotadora del siempre infravalorado Adrian Dantley. Gran anotador, pero de juego poco alegre, acorde a lo que gustaba en la zona. Este alero procedente de la Universidad de Notre Dame estuvo siete fructíferos años en Utah pero, como toda estrella que se precie en Salt Lake City, se iría sin anillo.

Su gran tiro de media distancia le valía de aval, pero la hipoteca la pagaba anotando cerca de canasta. Poco importaba sus 1,96 metros de estatura, los suplía con un gran primer paso y un lanzamiento bombeado de una calidad superior. Otro genio más de la década de oro, que tuvo que ver como las grandes leyendas enterraron su nombre en el baúl de los recuerdos, donde sólo los más nostálgicos recuerdan su figura. De Utah viajó a Detroit, de donde se fue justo antes de que llegaran los dos anillos consecutivos. Lo dicho, ADN mormón.

El escudero de Dantley en aquella época era Darrell Griffith, un base de Lousiville que entregó sus mejores años a los Jazz. El espíritu santo de estos sietemesinos Jazz era Ricky Green, un fulano sin aura que superó el test de dificultad media en la NBA. Duele dejar fuera a John Drew quien, tras ocho campañas en los Hawks, acabó su carrera en la franquicia de Salt Lake City. Campeón de la NCAA en 1980 con la Universidad de Lousiville, fue nombrado rookie del año en 1981. Gran anotador, que combinaba un físico prodigioso con una muñeca desde más allá del arco muy notable. Apodado desde sus tiempos universitarios como Dr. Dunkstein por sus espectaculares mates, tuvo la desgracia de sufrir una grave lesión que aceleró su temprana decadencia.

Los años pasados en la sombra permitieron que los Jazz lograran completar una buena plantilla llena de jóvenes jugadores que iban a ofrecer muchos buenos momentos a los aficionados locales. De la mano de Frank Layden, entrenador pasado de peso cuya verborrea enamoró a propios y extraños, Utah dio el paso que necesitaba para competir con los mejores.

En esa nueva era, las dos estrellas iban a ser Stockton y Malone. Sin embargo, su llegada o, mejor dicho, su forma de llegar, no causó demasiada sensación en Salt Lake City. Stockton fue elegido en la decimosexta posición del draft de 1984, una elección que dejó dudas, pues el perfil de Stockton era el de un base demasiado pequeño que venía de una universidad (Gonzaga) poco conocida para el público más generalista. Malone, cayó en el puesto número trece del Draft siguiente, el de 1985, procedente de Louisiana Tech. Utah hipotecaba su futuro a dos interrogantes.

John no tuvo un impacto súbito en la NBA, tuvo que esperar hasta su cuarta temporada en la liga para ser considerado una estrella. Gracias a sus 13.8 asistencias por partido en la temporada 1987-88 logró desbancar a Earvin Johnson del liderato en la clasificación de los mejores asistentes de la competición.

Todo lo contrario que Karl Malone, quien acaparó desde bien pronto la atención de la NBA. Su físico cincelado por privilegiados artesanos provocaba respeto entre sus rivales, quienes incluso se apartaban cuando se disponía a realizar uno de sus mates.

Se distinguen dos etapas en Karl muy diferentes a lo largo de su carrera. El primero, durante los años ochenta, muy explosivo y físico. Después, un perfil mucho más completo, cuando mejoró su tiro libre de manera increíble. “De novato promedió un 48.1 por ciento desde la línea (…) para alcanzar un 86.3, su máximo histórico, incluyendo 19 libres anotados consecutivos en competición, gracias, entre otras cosas, a su afán de superación y a no irse a la ducha sin haber lanzado 500 libres, siempre con el objetivo puesto en meter al menos cinco con los ojos cerrados” (“Un ejemplo”, en Secretos a Contraluz).

A esta mejora se sumó un tiro de media distancia brutal que le hizo ser el mejor interior de la NBA. No sólo de ellos dos vivió la franquicia mormona en la época dorada, claro está. Se rodearon de un grupo de jugadores muy apetecibles, como era el caso de Mark Eaton, un gigante de 2,24 metros, muy poco móvil y con poco protagonismo en ataque, pero con una capacidad defensiva imprescindible. Lideró la clasificación de taponadores de la liga en cuatro ocasiones, alcanzado una media impresionante de 5.56 tapones en la temporada 1984-85. Thurl Bailey era un alero multiusos, de gran capacidad anotadora, prototipo de sexto hombre. Entre el resto de jugadores que acompañaron en sus comienzos a Stockton y Malone, se puede destacar a Bobby Hansen, Marcus Iavaroni, Kelly Tripucka, Mike Brown, Eric Leckner o Blue Edwards.

Sin pena ni gloria durante los ochenta, el paso definitivo llegó en los noventa, cuando realmente se peleó por el anillo de forma clara. En la campaña 1990-91 los Jazz incorporaron a Jeff Malone desde los Washington Bullets, mientras que Utah envió a Bobby Hansen y Eric Leckner a los Kings en un trade a tres bandas. El equipo finalizó con un 54-28 muy prometedor, pero cayeron ante Portland en segunda ronda. El traspaso al Delta Center, con mayor capacidad que su antiguo pabellón, el Salt Palace, la temporada siguiente fue un acierto claro. Los Jazz finalizaron 55-27, venciendo a Clippers y SuperSonics en playoffs, llegando a las Finales de Conferencia por primera vez en su historia, para volver a caer ante los Blazers por 4-2, rozando el milagro.

En la 1992-93 los Jazz fracasaron tras finalizar 47-35 y caer en primera ronda contra Seatttle SuperSonics. La campaña siguiente, aterrizó Jeff Hornacek en los Jazz tras soltar a Jeff Malone. El buen hacer les permitió finalizar 53-29, venciendo a los Spurs de Robinson y a Denver Nuggets después, cayendo ante Houston Rockets en las Finales de Conferencia. Los texanos amargaron las esperanzas de Utah al año siguiente en primera ronda. De nuevo, rozaron la final en la 1995-96, al caer frente a Seattle SuperSonics en el Oeste.

La primera de las dos finales llegaría en la temporada 1996-97, con los Jazz obteniendo un récord de 64-18 y finalizando primeros en la Conferencia Oeste. El equipo demostró estar preparado, al fin, con un roster muy privilegiado que contaba con tipos como el mencionado Hornacek, Antoine Carr, Howard Eisley o Bryon Russell, siempre guiados por la extraña pareja y dirigidos por Jerry Sloan, el quinto elemento. Fruto del gran año llegó el MVP de la temporada para Malone, que llegó a promediar 27,4 puntos, 9,9 rebotes y 4,5 asistencias. Tras cargarse a Clippers, Lakers y Rockets (al fin), esperaban en la final los Bulls de Jordan, vigentes campeones.

La final terminó 4-2 para los de Chicago, con un Jordan picado con Malone por haberle arrebatado el MVP, dejando unas actuaciones irrepetibles. El primer gran fracaso. Al año siguiente, en 1998, los Jazz finalizaron con un 62-20 que les permitió reeditar la final con los Bulls tras dejar fuera en el Oeste a Rockets, Spurs y Lakers. Con lágrimas en los ojos y viendo un nuevo milagro del 23, los Jazz caerían, una última vez, por 4-2, diciendo adiós a la oportunidad de sus vidas, mucho más clara que en 1997. Los años pasaron, la dupla envejeció y el fin de las aspiraciones en Utah se hizo palpable. La época dorada había terminado, y ellos habían sido la última víctima del monstruo que habitó Chicago.

En 2003, y sin salirse del guión que dictaba su personalidad, John Stockton comunicó mediante una escueta nota de prensa que decidía retirarse. No era de extrañar las formas de un tipo introvertido y reservado. Su carácter sobrio se extrapolaba también fuera de las pistas, donde su fe religiosa, sentido de la familia y honradez personal le guían en su día a día.

Su retirada paralizó a todo el estado de Utah, que se volcó el día que retiraron su camiseta del Delta Center, donde el legendario dorsal cuelga del techo. No se quedaron ahí los reconocimientos a su figura. Hay una calle anexa al pabellón con su nombre y una estatua a la entrada del mismo, junto a la de su inseparable Karl. Idénticos honores recibió para su amigo.

Por su parte, Malone persiguió un año más el anillo de campeón, aterrizando en la 2003-04 en los Lakers, junto a Gary Payton. Su fracaso en las Finales ante los Pistons propició la retirada del cartero. A diferencia de Stockton, Malone acumuló numerosas polémicas a lo largo de su carrera. Su enemistad con Thomas, a quien le propinó un tremendo golpe en mitad de un partido que le costó cuarenta puntos de sutura o las feas palabras hacia Magic cuando se conoció que era portador del virus SIDA fueron algunos de sus episodios más destacados.

Un dúo que, con la selección nacional, se colgaría dos oros olímpicos. El primero, en Barcelona como miembros del Dream Team, y el segundo en Atlanta cuatro años más tarde. Dos tipos recordados por elevar a categoría de arte la ejecución del pick and roll, cambiar para siempre la historia de una franquicia y el ánimo de una comunidad. En definitiva, por ser esa extraña pareja que cautivó y marcó una antes y un después en la mejor liga del mundo.

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