En tierra hostil

El Oracle Arena de Oakland es una fiesta sin fin. Marcadores más propios de videojuegos, jugadores que levantan pasiones en todas las partes del planeta y un baloncesto que parece sacado de un manual de hechicería. Los medios de comunicación no dan abasto para alabar las hazañas de estos muchachos, siempre ejemplificadas en su Big Four de ensueño.

Nadie, o mejor dicho, muy pocos giran la cabeza hacia el banquillo local. Allí, en una butaca indeterminada sin número ni historia, se sienta “un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor” (“Capítulo primero”, en El Ingenioso Hidalgo de Don Quijote de la Mancha, 1605). Un caballero ejemplar cuya grandeza es tapada por la magnitud de su mayor obra, que no es otra que la de éste histórico equipo. Su nombre es Stephen Douglas Kerr.

Quizá Kerr sea el eslabón perdido, la bisagra que hace encajar el viejo y el nuevo baloncesto. Un tipo a imagen y semejanza de la vieja escuela, pero con una inteligencia superior al resto de estrellas con las que compartió gloria en sus años de jugador, la cual le ha permitido reescribir el obsoleto libreto baloncestístico y adaptarlo al ya bien iniciado siglo XXI.

Malcom y Ann se conocieron en Beirut, en calidad de estudiantes, donde dieron rienda suelta a la pasión y, como consecuencia de tan bonita casualidad en  aquel remoto lugar, vinieron al mundo tres chicos y una chica. En 1965 y bajo el amparo de El Líbano, nació Steve, el tercero de la saga. Malcolm Kerr fue un reputado experto en Oriente Medio, hasta el punto de llegar a hacerse cargo de la Universidad Americana de Beirut. Su relación con Steve fue especial desde sus inicios, esto explica cómo, cuando su padre fue asesinado, el dolor que él sintió fue diferente al del resto de su familia. El nexo de unión entre ambos fue siempre el baloncesto, recurso al que acudió su padre para intentar que el pequeño Steve gastase toda su energía en algo productivo. Ambos, padre e hijo, aprovechaban cualquier momento para jugar juntos.

No es fácil abrirse camino en el mundo del baloncesto cuando tu vida familiar te tiene prisionero por todo el globo (al margen de Beirut, la familia vivió en Túnez, Oxford, El Cairo, Francia y Los Ángeles). Destacó en su etapa de instituto en El Cairo donde, sin tener un físico privilegiado, adquirió la habilidad que le dio de comer: el acierto exterior. Sus ansias por crecer hicieron que la familia se planteara volver a Los Ángeles, lugar donde ya habían vivido a mediados de los setenta cuando Malcom impartía magisterio en UCLA.

Siguiendo su línea poco ascendente, Kerr no destacó tampoco en exceso en el Pacific Palisades High School de Los Ángeles, sin embargo, su prodigiosa muñeca le consiguió una invitación de la Universidad de Gonzaga para estar a prueba con el resto de la plantilla. Durante las casi dos horas que duró aquello, Kerr sufrió lo inenarrable tratando de parar, sin éxito, a un jovencísimo John Stockton. Aquel mal trago le afectó, pero pasó página cuando Lute Olson, técnico de la Universidad de Arizona, le ofreció un hueco en su roster y por ende, una beca.

El otoño de 1983 pasó volando, y un invierno trágico dio la bienvenida a 1984. El 18 de enero, Steve Kerr se encontraba durmiendo en su habitación, eran las horas previas al gran duelo fratricida contra Arizona State, su más acérrimo rival. Los Wildcats no estaban logrando una gran temporada, de hecho, finalizaron 1984 con un récord de 11-17, todo ello a pesar acabar ganando ocho de los últimos catorce partidos que disputaron aquella lúgubre temporada.

A las tres de la madrugada, el teléfono irrumpió por completo en el habitáculo de Steve, despertándole de forma inmediata. Al otro lado del auricular estaba Vake Simonian, amigo de la familia, que le comunica cómo su padre ha sido asesinado en Beirut por dos terroristas que actuaban en nombre de la yihad islámica cuando iba de camino a la oficina. Es difícil entender la razón por la que eligieron a Malcom, un tipo que dedicó su vida a salvar la brecha entre cristianos, musulmanes y judíos cuando, para la mayoría de los estadounidenses, esos asuntos eran abstractos y lejanos.

Su muerte desató una oleada de declaraciones a favor de combatir el terrorismo. La voz que más peso tuvo fue la del entonces presidente de Estados Unidos Ronald Reagan. La noticia del asesinato fue un asunto nacional en EE.UU., lo que abrió el debate sobre si las distintas creencias religiosas podían llevar implícita la violencia.

Aún hoy, el propio Kerr recuerda aquella madrugada y su rostro queda encajado en una expresión de shock absoluto. Sufrió una soledad atroz, pues en aquella época un hermano se encontraba en El Cairo, otro estaba con su madre en El Líbano y su hermana en Taiwán. Precisamente él, hijo de El Líbano, habiendo vivido la guerra civil que desangró al país, no podía asimilar lo ocurrido. Los compañeros no tardaron en llegar a su cuarto, donde estaba en silencio y sin poder moverse. Nadie sabía cómo ayudarle, quien más le consoló fue Lute Olson.

Tras un debate consigo mismo muy intenso, Kerr decide no ir al entierro de su padre para jugar el partido contra Arizona State, el cual ganaron los Wildcats por 71-49 con una gran actuación de Steve. Cuentan sus compañeros de aquellos lejanos años el mote que le pusieron, que no era otro que Ice, en relación a su frío carácter. En aquel partido, la afición rival respetó la pérdida de Kerr, pero en años venideros las burlas fueron constantes, haciendo siempre alusión a los tristes sucesos acaecidos en enero de 1984.

En las semifinales del Mundial de 1986, Estados Unidos se enfrentó a Brasil, y Steve Kerr se rompió los ligamentos cruzado anterior y medial colateral de su rodilla derecha. Un durísimo golpe del que regresó con la energía suficiente para llevar a Arizona a la Final Four. En el draft de 1988 fue elegido por Phoenix Suns en el puesto número cincuenta.

Tras una primera temporada en la NBA con más luces que sombras, Kerr se trasladó a Cleveland, donde pasó tres temporadas. Luciendo muñeca y clase, la gran oportunidad le llegó en 1993, cuando aterrizó en los Bulls previo paso por Orlando, para sustituir a John Paxson. No sólo intercambió la ficha con el de Dayton, también el aura mágica en los momentos especiales. Si Paxon metió el triple en el sexto partido de las Finales de 1993 que sentenció a Phoenix y trajo el tercer anillo a la ciudad del viento, Kerr haría lo propio en 1997, también en el sexto, frente a los Utah Jazz.

Para entender la magnitud del acierto de Steve a pase de Michael Jordan aquella noche hay que explicar en qué estado llegaba la relación entre ambos. En otoño de 1995, con la derrota en playoffs el verano anterior frente a Orlando todavía muy presente, Jordan quería demostrar a todos que no había regresado de su exilio voluntario sólo por huir del estrepitoso fracaso que significó su etapa en el béisbol.

En cada entrenamiento, Jordan daba el máximo de sí mismo, a veces cruzando la peligrosa línea del egoísmo personal. Defendiéndose el uno al otro, Kerr y Michael fueron intercambiando pequeños golpes acompañados de feas palabras hasta que, en declaraciones del propio Kerr, cuando se quisieron dar cuenta tenía encima suya a compañeros intentando separarlos. Pero como la gloria pesa más que el ego, y Kerr era un seguro en los momentos clave, Jordan no dudó en darle el balón más importante de su carrera aquella noche mágica en el United Center.

Con el segundo retiro del 23, Steve buscó refugio en San Antonio, lugar donde ganó sus dos últimos anillos en diferentes etapas que tuvieron un affaire con Portland entre medias. En posesión de cinco anillos y un estratosférico 45.4 por ciento de acierto desde más allá del arco, Steve Kerr decidió dejar a un lado su aventura como jugador para tomarse un retiro más que merecido.

Tras dos temporadas ejerciendo de comentarista para la cadena TNT, Steve Kerr recibió en 2014 dos ofertas para coger los mandos como técnico jefe de una franquicia en la NBA: New York Knicks y Golden State Warriors. Finalmente, se decidió por el equipo de San Francisco, entre otras cosas, porque dos de sus tres hijos estudiaban en California. La atención que quería dedicar a su hija Maddy, jugadora de voleibol, declinó la balanza. Fue difícil decir no a Phil Jackson, maestro y mentor pero, para Kerr, sus hijos son su vida. Un sentimiento que heredó de su padre, de quien Steve no habla mucho, quizá porque no le hace falta. Para él, siempre está a su lado.

Mejor técnico novato en 2015 y dueño de 67 victorias en regular season, Steve ganó el anillo contra los Cavaliers en el sexto encuentro, su número fetiche y en Cleveland, uno de sus primeros hogares baloncestísticos. Sublimó un proyecto que hasta su llegada tan sólo apuntaba maneras. En 2016 mejoró lo inmejorable con un 73-9 en regular season, enterrando así el récord que él mismo había vivido en primera persona con los Bulls la temporada 1995-96, aquella vez se quedó la marca en 72-10.

El año acabó en tragedia gracias a la remontada histórica de los Cavaliers, que dieron la vuelta a un 3-1 adverso en las Finales por primera vez en la historia. Los éxitos, como es lógico, no acabaron allí. La llegada de Kevin Durant y la estabilidad en la franquicia siguieron dando sus frutos a modo de anillos.

La figura del Kerr entrenador no se entiende sin su libreto y su forma de llevar el vestuario. Libertad total para desarrollar un juego ágil y vistoso, donde su vademécum es el triple. Con influencias de tipos como Gregg Popovich, Phil Jackson o Lenny Wilkens, el yerno perfecto reinventó el baloncesto moderno con la implantación a gran escala del small ball.

A nivel personal, una calidad humana inherente a su carácter, la necesaria para tratar a los jugadores como personas y unir al vestuario bajo su liderazgo. El rasgo más importante que define a un líder no es ver lo que hacen sus discípulos cuando él está presente, es tener la certeza de que actuarán de la misma forma si él se ausenta. Un baloncesto veloz, donde el balón circula a la perfección y los jugadores corren con o sin la naranja. Un ritmo alto que implica comandar numerosos contraataques a lo largo del encuentro. Sin hombres altos sobre el parqué, se defiende a los pívots rivales cortando líneas de pase y obligando a estos a salir de la zona, empujándoles a un agotamiento temprano. Y, por supuesto, un tiro exterior que es la clave en este sistema. Arma de doble filo.

Steve Kerr, un tipo único e irrepetible. Con una moral intachable, un baloncesto exquisito y una capacidad de superación impropia de su raza, este caballero de blanca armadura y sonrisa cautivadora tiene su rincón más que merecido y justo en la NBA. Un privilegiado de este deporte, capaz de cambiar los cimientos del juego desde dentro y de levantarse tras haber tocado fondo, después de ver cómo le arrebataron lo que más quería aquella noche de 1984. Wyatt Earp.

Sé el primero en comentar

Dejar una contestacion

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.


*