Un asunto pendiente con Bill Russell: la redención de Bob Cousy

Son las cinco de la tarde. Se sienta en el sofá del salón de su casa. A poca distancia, la televisión. Esa noche juegan los Celtics, sus Celtics. Será el momento de encenderla, aunque probablemente se rinda al sueño alcanzado el descanso y decida entonces que es suficiente. La tarde la pasará leyendo, pasatiempo favorito de un nonagenario privilegiado, pues su cabeza sigue funcionando de la misma manera que lo hacía cuando lideraba al mejor equipo del mundo. Tira de marcapáginas y se dispone a continuar su lectura por donde la había dejado el día anterior. Disfruta el instante. Dedica aproximadamente cuatro horas diarias a esta actividad. Toma aire, profundo. Eleva su mirada y la dirige un segundo a aquel reloj que, impertérrito, sigue marcando las horas. Sonríe amable. Ahora sí, se sumerge en esas hojas.

1963. Los campeones de la NBA celebran una cena de despedida. El capitán cree que es el momento. La nave queda en buenas manos. Seis de los últimos siete años los de Massachusetts han alcanzado la gloria. Y si bien sabe que él ha sido parte importante, vital, del éxito, comprende que sin aquel espigado colega posiblemente los laureles hubieran tocado en cualquier otra puerta. “¡Qué suerte he tenido!”, piensa. Sus compañeros son del mismo parecer. Por aquel pívot que revolucionó la defensa y será la cabeza visible del imperio de ahora en adelante. Pero también por él, el mejor creador de juego que ha existido hasta esa fecha. Un mago. El Houdini del baloncesto.

En Bob Cousy y Bill Russell empezaba y terminaba todo. El primero, como director de orquesta y líder curtido. El segundo, tiranizando su propio tablero, impidiendo el paso a los rivales. Antes de Kobe y Shaq, de Magic y Jabbar, de West y Chamberlain (que Gail Goodrich nos entienda) o de Robertson y el ya mencionado Jabbar, estuvieron ellos. Estrella de perímetro y estrella en la pintura: el combo deseado hasta la reciente revolución del juego, que tanto afecta a los hombres grandes. Orgullosos, compartieron los focos en la pista y también fuera de ella. Combinaron bloqueos para lanzamientos liberados o continuaciones, driblings y rebotes, ataque y defensa. El mejor pasador sobre la tierra, el defensor perfecto bajo aro propio. Dominantes, eran el centro de la liga y ambos eran conscientes de ello. “Los dos tienen pundonor, aman ganar y saben que para ganar campeonatos no basta con un solo jugador. Se trata del equipo. Este tipo de profesionales no necesitan ser manejados. Saben cuidar de sí mismos”, explicaba Red Auerbach.

Fuera de la pista su trato era amable, pero jamás fueron íntimos amigos. No a niveles intensos. Compartían un pasado común, la lucha contra su propia pobreza. Uno en el gueto de Nueva York, el otro en un estado duro para un negro en tiempos de segregación: Luisiana. Durante esos siete años vivieron episodios de reivindicación, de pelea por los derechos civiles, siendo Russell cabeza visible del movimiento. Capítulos como el boicot de autobuses de Montgomery hasta la marcha en Washington. Sin embargo, Cooz y Russ no hablaron de política, derechos o sus vidas personales. Su relación no era tan profunda. Bromas en el vestuario y poco más.

Con fuertes personalidades, es probable que aquella relación no fuese más aguda por el contexto. En Boston, urbe de historia racial complicada, los periodistas deportivos (blancos prácticamente en su totalidad) se referían a los Celtics como “el equipo de Cooz” avalador por el sentimiento de pertenencia y aquellos seis anillos. Claro que luego Russell ganaría otros cinco (en seis temporadas) para sumar un total de once (en trece). Además, aderezados con cinco premios MVP. Es justo decir, por tanto, que Russ ha sido el mayor ganador de la historia de este deporte y, por ende, del equipo más laureado de todos los tiempos. El verdadero cacique de la dinastía más tiránica.

En aquella reunión, con motivo de la retirada de Cousy, Russell quiso hacerle un regalo personal. En una cena tan íntima (presentes únicamente los miembros del equipo y algunas personas muy allegadas), extendió su copa y brindó: “Si Bob no hubiese sido el hombre que es, sí me habría molestado. Pero no es el caso. No existen celos profesionales. Jamás me molestó la atención que le prestaban. Cousy es excepcional. No lo veo como un gran atleta, lo veo como un hermano. Te encuentras con un Bob Cousy no una vez al mes, sino una vez en la vida. Él ha hecho que, para mí, jugar en los Celtics sea una de las cosas más gratificantes de mi vida”. Poco después, Russell compró ese hermoso reloj de escritorio para su compañero. En él, una inscripción: “Que los próximos setenta sean tan agradables como los últimos siete. De The Russells to The Cousys”. Cousy escucha hoy las palabras de Russell y se pregunta por qué no se levantó a abrazarlo.

Cousy, viudo, vive solo en la casa que su esposa, Missie, y él adquirieron en 1963. La vivienda está llena de recuerdos, pese a que en 2003 vendiese trofeos deportivos, placas y álbumes con recortes por un valor de casi medio millón de dólares que compartió entre sus hijas. Fue como cerrar un círculo. Es lo que ha hecho desde hace algún tiempo. Intentar no dejar nada incompleto. Una de esas tareas pendientes tenía que ver con su antiguo compañero de equipo, al cual aprecia y respeta por el ser humano que es. Afecto recíproco, dicho sea de paso, que no necesita de excesiva interactuación para estar presente.

Cousy era uno de los baloncestistas más destacados en la era de los primeros afroamericanos en la NBA y estaba muy bien visto por ellos. Llegó a la liga en 1950, coincidiendo con Chuck Cooper, primer negro reclutado por una franquicia. En seguida se hicieron amigos para toda la vida. Sin embargo, convivió durante mucho tiempo con un sentimiento de arrepentimiento. Y el motivo no era otro que el propio Bill Russell.

En St. Louis a Russell a menudo lo increpaban llamándolo “Gorila Negro” durante los partidos. Una vez allí, incluso, fue atacado por racistas. Una constante repetida en diversas ocasiones en lugares donde la igualdad aún resultaba una utopía. Mención aparte el desagradable incidente en la casa del pívot en Reading, Boston: en ella irrumpieron varios gamberros, quienes realizaron pintadas segregacionistas en las paredes y defecaron en su cama. Auerbach instó a sus pupilos a evitar polémicas al respecto y Cousy se mantuvo en silencio. Lo lamentaría siempre. Desearía haber hablado públicamente del trato que recibía Russell por, simplemente, no ser blanco. “Podría haber sido capaz de contrarrestar algo de aquello si hubiese sido más honrado”. También se arrepiente de no haberse dirigido a su camarada y dirigirle algunas palabras de aliento.

Una mañana de febrero de 2016, Cousy cogió un papel y un bolígrafo y escribió de su puño y letra una carta de página y media a Russell. En ella entonaba el mea culpa y se disculpaba por no haber hecho más como compañero. Expuso, además, que sentía no haber compartido una relación más significativa en las décadas posteriores y aceptó toda la responsabilidad por ello. Hoy Bill posee la Medalla Presidencial de la Libertad, otorgada por Barack Obama en 2011, algo que explica cuán grande ha sido su compromiso social. Mientras, un hombre blanco de noventa años reflexiona sobre cómo desarrolló su vida y su actitud frente a la lacra del racismo. Es algo que engrandece más su figura, que eleva su leyenda. Su mensaje es claro: siempre se puede hacer más.

La misiva de Bob fue como una última asistencia para Bill, su compañero durante siete años. Siete años que fueron especiales. Como lo ha sido cada uno de ellos.

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